viernes, 1 de junio de 2012

¿UN MUNDO MÁS SEGURO SIN BIN LADEN?


Al-Qaeda o Al-Qaida, fue creado por Osama Bin Laden a finales de 1980 para unir a los árabes que lucharon en Afganistán contra la Unión Soviética. Son ayudados en financiamiento, reclutamiento, transporte y entrenamiento por los islámicos sunni (musulmanes ortodoxos opuestos a los shiitas), extremistas de la resistencia de Afganistán. Su meta es establecer un califato pan-islámico en el mundo. Trabajo para derrocar a los regímenes que considera "no islámicos". Pretende expulsar de los países musulmanes a los ciudadanos occidentales y no afines a su religión. 
Al-Qaeda emite declaraciones bajo la bandera del "Frente Islámico Mundial por la Guerra Santa contra el deber de todo musulmán de matar a los ciudadanos estadounidenses -civiles o militares- y sus aliados, dondequiera que estén". Planeó operaciones terroristas contra Estados Unidos y turistas israelíes que visitaban Jordania durante las celebraciones del milenio. Las autoridades jordanas frustraron el ataque y llevaron a 28 sospechosos ante los tribunales. Dirigió la colocación de bombas en agosto de 1998 en la embajada de EE.UU. en Nairobi, Kenia, y Dar es Salaam, en Tanzania, donde murieron al menos 301 personas y resultaron heridas más de cinco mil. Reivindicó el derribo de helicópteros estadounidenses y asesinó a personal al servicio de EE.UU. en Somalia en 1993. Acoge a una red internacional que incluye a otros grupos de extremistas musulmanes sunníes como la Guerra Santa de los Islámicos Egipcios, algunos miembros de Al-Gamma Al I Slamiyya, el movimiento islámico de Uzbekistán y el Harakat Ul-Mujahidin.
A pesar que la guerra contra el terror liderada por los Estados Unidos había tenido hasta el momento importantes victorias, incluyendo la destrucción de algunos santuarios de Al-Qaeda en Afganistán, la eliminación de muchos e importantes líderes terroristas, y lograr la convicción de muchos países en tomar acciones contra esta organización y sus grupos asociados, ninguna de estas victorias podía equipararse con el enorme golpe producido por la muerte del líder más emblemático de esta organización de terroristas. 
Un año después de que Osama bin Laden fuese abatido por unidades especiales de la Marina de Estados Unidos en el escondite de la localidad paquistaní de Abbottabad donde se hallaba desde 2006, pueden hacerse al menos dos afirmaciones sobre Al Qaeda y la amenaza que esta estructura terrorista supone para las sociedades occidentales. 
Primera: Al Qaeda se encuentra hoy más extendida en el mundo de lo que estaba hace 12 meses y tanto o más implicada en actividades de terrorismo, sobre todo en el sur de Asia, Oriente Medio, África septentrional y el este de África.
Segunda: no es posible elucidar con el suficiente grado de certidumbre si durante ese periodo de tiempo se ha reducido, mantenido o incrementado la amenaza terrorista que Al Qaeda supone para las democracias de Norteamérica, Europa occidental y Oceanía.
La imagen de Al Qaeda entre los musulmanes no ha mejorado tras la muerte de Osama bin Laden y su enaltecimiento como mártir por parte del núcleo central y de las tres extensiones territoriales que formaban aquella estructura terrorista global hace un año. Conserva un potencial de movilización más que significativo en algunos países islámicos, pero en la mayoría prevalecen valoraciones negativas de Al Qaeda. Más aún entre musulmanes que viven en sociedades occidentales. Ello bien puede deberse a que, allí donde desarrolla sus prácticas de violencia, mata sobre todo yemeníes, iraquíes, argelinos y otras gentes que se consideraban a sí mismas musulmanas pero a quienes Al Qaeda calificaba de apóstatas y traidoras, básicamente por no someterse al dictado ideológico del salafismo yihadista.
Al Qaeda no ha materializado la catástrofe que vaticinó como venganza por la muerte de Bin Laden. Pero no debe olvidarse que este seguía obsesionado con un nuevo gran acto de terrorismo en EE UU. Ni que, unos meses antes del asalto a su refugio de Abbottabad, fueron desbaratados los planes del mando general de Al Qaeda para atentar simultáneamente en tres ciudades europeas. Imposible aseverar que esa amenaza sea ahora menor, ni aun cuando Ayman al Zawahiri tenga los días contados.
Ahora bien, la CIA ha reconocido que la yihad islámica «fue» un «activo de la inteligencia» patrocinado por EEUU que data de cuando la guerra afgano-soviética estaba en su apogeo (1979-1989), que ellos crearon a los muyahidines, que levantaron los campos de entrenamiento y las escuelas coránicas junto con los Servicios de Inter-Inteligencia de Pakistán (ISI). Actuando en nombre de la CIA, el ISI se implicó en el reclutamiento, entrenamiento y adoctrinamiento religioso de los «yihadistas» que el Presidente Ronald Reagan describió como los «Combatientes de la Libertad». Aunque el público estadounidense lo desconoce, EEUU extendió las enseñanzas de la yihad islámica en libros de texto «made in America», elaborados en la Universidad de Nebraska . Los manuales, que se llenaron con charlas sobre la yihad y destacados dibujos de armas, balas, soldados y minas, han servido desde entonces como asignaturas comunes del sistema escolar afgano. Incluso los talibanes utilizaban los libros que los estadounidenses producían.
Y un año después, se hace público una gran cantidad de documentos incautados por el Ejército de Estados Unidos durante la incursión en la residencia secreta de Osama Bin Ladeen, no hace mención de planes de Al Qaeda para América Latina, a pesar de que existen informes de que el líder planeaba reclutar miembros con pasaportes mexicanos. Expertos del Centro de Combate al Terrorismo de la Academia Militar West Point analizaron y tradujeron los documentos durante los últimos doce meses, publicando sus conclusiones la semana pasada. Según una fuente citada el 2 de mayo en el periódico Los Angeles Times, Bin Laden estaba molesto sobre el hecho de que Faisal Shahzad, miembro de al-Qaeda, prestara juramento de lealtad a Estados Unidos antes que intentar hacer explotar una camioneta cargada de explosivos en el Times Square de Nueva York en 2010. Posteriormente, Shahzad admitió que había mentido bajo juramento cuando prometió no hacer nada que perjudicara a Estados Unidos como parte de la ceremonia para recibir su ciudadanía. A pesar de su propio odio hacia Estados Unidos, Bin Laden consideró que el incumplimiento de ese juramento había constituido una ofensa contra el Islam. Bin Laden creía que un miembro de al-Qaeda que tuviera un pasaporte mexicano válido tendría una mayor facilidad de acceso a Estados Unidos sin necesidad de violar ningún juramento. Los documentos dan una imagen de Bin Laden como un líder frustrado por la disminución de su influencia fuera de al-Qaeda, aunada a la marginalización que implicaba el alto nivel de secretismo de su paradero y su imposibilidad general para viajar. 
También se expone que Bin Laden consideraba que la denominada Primavera Árabe era un avance en su misión de crear un estado islámico global. Por largo tiempo había querido derrocar a la monarquía saudita y otros gobiernos del Medio Oriente, y establecer un estado islámico regido por la ley sharia.  Sin embargo, lo desanimó la posible subida al poder de grupos como la Hermandad Musulmana, en Egipto, los cuales consideraba demasiado moderados para llevar a cabo un cambio radical. De hecho, Bin Laden creía que la política tradicional era de escasa utilidad.
Sin embargo, ese amplio consenso se rompe de inmediato cuando se trata de calificar su eliminación- acto de venganza impropio de un Estado democrático, para unos, y acción perfectamente ajustada al derecho para otros. Menos acuerdo aún existe a la hora de evaluar la gravedad de la amenaza terrorista en nuestros días. Algunos prefieren considerar que el simple hecho de que Estados Unidos no haya vuelto a recibir un ataque similar al del funesto 11-S justificaría, por sí solo, la nefasta “guerra contra el terror”. Quienes así piensan plantean un balance positivo, que habría convertido al terrorismo en una amenaza poco menos que residual, en el que directamente incluyen a Iraq- presentado como un éxito- y a Afganistán- interpretando que Al Qaeda ha sido drásticamente eliminada de ese país. Y ya puestos, pretenden también convencernos de que la guerra- utilización de medios militares como instrumentos protagonistas- es la vía más adecuada para hacer frente a una amenaza que han querido ver como la más importante que pende sobre nuestras cabezas. Frente a esta visión (muy lastrada por la ideología neoconservadora dominante), otros hacen una interpretación muy distinta de esta cuestión. Por desgracia, Al Qaeda no ha desaparecido, sino que se ha transformado. Por decirlo de otro modo, el monstruo creado hace ya algo más de veinte años, ha sido capaz de sobrevivir no solo a la muerte de su líder carismático (que en los últimos años de su vida era más un símbolo que un jefe ejecutivo), sino también a la presión militar contra su núcleo central. Y lo ha hecho, entre otros métodos, aumentando aún más la descentralización de una red que ya en sus inicios era vista como un modelo (abominable) de empresa moderna.
En estas condiciones, solo las necesidades electorales explican que el presidente Obama haya realizado un nuevo viaje a Afganistán, el mismo día en el que se cumplía un año de la eliminación de Bin Laden. A caballo de su nuevo lema de campaña- “Adelante”- pretende presentarse como un comandante en jefe capaz de mejorar la seguridad de sus ciudadanos mucho mejor que su predecesor. En paralelo ha intentado enviar un mensaje a los talibán, traducido en un acuerdo para convertir a Afganistán en socio preferente, con un apoyo militar y económico (sin cuantificar) que irá más allá del fin de las operaciones militares en marcha (en 2014). 
En definitiva, como ya era previsible, la eliminación de Bin Laden no ha ido acompañada de la desaparición del terrorismo. Un concepto, por cierto, aún por definir, dado que la comunidad internacional no ha logrado hasta ahora el consenso necesario para ello. Esta ausencia de definición ha permitido que cada cual haya definido como terrorista a su correspondiente enemigo, creyendo que así obtenía carta blanca para eliminarlo por la fuerza. Mientras tanto, se ha abandonado la atención a muchas otras amenazas mucho más letales en clave de seguridad humana (basta con pensar solamente las muertes diarias que produce el hambre, la pobreza o las pandemias), con el consiguiente deterioro del clima global de seguridad.
La actualidad y el futuro de Al-Qaeda, sus grupos afiliados y sus células mundiales no pueden interpretarse por derrotados y sin capacidad de producir nuevos ataques, teniendo hoy más que nunca una gran motivación causada por la muerte de su líder. Es importante resaltar que la muerte de Bin Laden no debería ser interpretada como el final de Al-Qaeda, así como la muerte de Hussein no significo el fin de la violencia en Iraq, ni la muerte de Arafat no significo el fin del terrorismo en Israel.