viernes, 2 de noviembre de 2012

NO SE BAILO SAMBA EN RIO + 20


Durante el 20 al 22 de junio, se dio inicio en Brasil a la Cumbre de la Tierra o Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, más conocida como Rio + 20.
        El nombre se debe a que se cumplen 20 años de la primera conferencia mundial sobre desarrollo sustentable en Río de Janeiro. Los ejes centrales de la cumbre eran analizar y  establecer las bases de una economía ecológica cuyos objetivos sean la sustentabilidad y la erradicación de la pobreza y en base a lo anterior, la creación de un marco institucional para el desarrollo sustentable. Representantes de Estados, Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y sociedad civil (agrupada en la Conferencia como Cumbre de los Pueblos) fueron los invitados a participar en la discusión de los desafíos ambientales del futuro. Dentro de los dos ejes principales de discusión, se han identificado 7 áreas prioritarias. Estos temas están relacionados con:
  1. Trabajos: análisis sobre el impacto de la recesión económica mundial de los últimos años (actualmente existen 190 millones de desempleados en el mundo). La creación de trabajos verdes fue analizada como una posibilidad de contribuir a la economía a través de empleos destinados a apoyar la preservación o restauración del medio ambiente.
  2. Energía: la energía fue visto como es un tema crítico a nivel mundial en relación con la escasez, los impactos ambientales y los conflictos que genera la construcción de proyectos de energía en las comunidades.
  3. Ciudades: en este panel se trataron temas como congestión, transporte, contaminación, escasez de recursos para proveer servicios básicos y viviendas dignas.
  4. Comida: en este aspecto se discutió sobre el crecimiento de la sociedad y la manera en que se comparten, distribuyen y consumen los alimentos.
  5. Agua: agua limpia y con libre acceso universal, de acuerdo a las Naciones Unidas, en el planeta hay suficiente agua para todos. Sin embargo, debido a deficientes políticas de los gobiernos y la débil infraestructura existente, cada año miles de personas mueren por enfermedades asociadas a la escasez de este recurso, problemas sanitarios e higiene.
  6. Océanos: Se trato de buscar un correcto manejo de éste es esencial y clave para el futuro sustentable del planeta.
  7. Desastres naturales: Los desastres naturales son inevitables, pero la manera en cómo los enfrentamos es clave para superar los impactos. Decisiones acerca de cómo cultivamos los alimentos, donde construimos nuestras casas, en qué sistema económico nos basamos y la forma en que como sociedad nos organizamos fue un tema de discusión en la Cumbre.
Los 20 años transcurridos desde la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Río de Janeiro, Brasil, en 1992, pasando por la Cumbre sobre Desarrollo Sostenible, de Johannesburgo, Sudáfrica en el año 2002, se han caracterizado por el continuo deterioro de la calidad ambiental mundial, y la agudización de los principales problemas socioeconómicos internacionales. El debate más reciente sobre medio ambiente y desarrollo coincide con el agravamiento de la situación mundial, que desde mediados del 2008 se ha dejado sentir con particular crudeza en sus múltiples dimensiones: financiera, comercial, energética, social, alimentaria y ambiental.
En el plano económico, la brecha que separa a los países desarrollados y subdesarrollados se ha agravado. Los países subdesarrollados, con el 80% de la población mundial, aportan sólo 28% de las exportaciones mundiales; mientras que a los países desarrollados, con el 15% de la población mundial, les corresponde alrededor de 66% de las exportaciones. En lo social, se evidencia en un creciente número de pobres e indigentes en la mayoría de los países en desarrollo y en la proliferación de cinturones de pobreza en los propios países desarrollados. Según datos del Banco Mundial, alrededor de 1500 millones de personas viven en situación de pobreza extrema.
En el orden ambiental, los problemas ambientales se han agravado, como expresión de los limitados esfuerzos internacionales para hacer frente al deterioro del medio. Los patrones de crecimiento económico seguidos por los países industrializados han ocasionado los mayores daños al medio ambiente global. Se estima que el 20% más rico de la población mundial se apropia de las ¾ partes de los ingresos mundiales, en tanto el 20% más pobre recibe apenas el 1,5% (Oxfam, 2006). El crecimiento del consumo mundial de agua dulce, superó en más de dos veces la tasa de crecimiento poblacional durante el siglo XX. Cerca de la tercera parte de la población mundial, habita en las naciones del Tercer Mundo y presenta problemas moderados o severos de falta de agua, según reportes del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Uno de los documentos fundamentales aprobados en la Cumbre de Río de 1992, fue la Agenda 21, considerada como un plan general de acción mundial, que contiene estrategias para prevenir el deterioro del medio ambiente y establecer las bases para un desarrollo sostenible a escala planetaria en el siglo XXI. La Agenda 21 dedica especial atención al financiamiento para el desarrollo sostenible; la transferencia de tecnologías idóneas; el cambio de los patrones de producción y consumo insostenibles; la lucha contra la pobreza; el fomento de la cooperación internacional; el desarrollo de capacidades técnicas, financieras e institucionales internas en los países subdesarrollados; entre otros temas, en los que lejos de registrarse un progreso significativo, se ha retrocedido a nivel internacional en los últimos 20 años.
Durante las últimas décadas se han hecho mucho más evidentes algunos de los problemas ambientales globales que más preocupan a la humanidad, tales como la pérdida de la diversidad biológica; el deterioro de la capa de ozono; la contaminación urbana; el tráfico transfronterizo de desechos peligrosos; la contaminación de los mares, océanos y zonas costeras y el deterioro ambiental asociado a las condiciones de subdesarrollo y pobreza en que viven las tres cuartas partes de la población mundial. A esto debemos sumarle los efectos presentes y futuros del cambio climático, derivados de los patrones de producción y consumo de los países, de las guerras y otras acciones humanas, que están provocando la acumulación en la atmosfera de los Gases de Efecto Invernadero y la destrucción del planeta.
En los pasados 20 años, los países industrializados, en lugar de adoptar programas de acción ambiental viables y en correspondencia con sus niveles de responsabilidad internacional en torno al vínculo entre medio ambiente y desarrollo, han ejercido fuertes presiones para reinterpretar, en función de sus intereses, la letra de diversos acuerdos internacionales en esta materia, y eludir la adopción de compromisos concretos.
En materia financiera, la Agenda 21, destaca que los países subdesarrollados requerirían unos 125 mil millones de dólares anuales, procedentes de fuentes externas, sin considerar el aporte que deben realizar los propios países del Sur. Ello contrasta notablemente con las cifras de los desembolsos reales de los países desarrollados en materia de cooperación y Ayuda Oficial al Desarrollo que han estado muy por debajo de lo estimado. A esto se suman los cientos de miles de millones de US$ que resultan necesarios para las acciones de mitigación y adaptación al cambio climático. En lo referido a la transferencia internacional de tecnologías ambientalmente idóneas, el acceso por parte de los países subdesarrollados a los adelantos tecnológicos es contrario a las estrategias corporativas y políticas comerciales de los países industrializados.
Dichas estrategias imponen normas más estrictas y uniformes para la protección de la propiedad intelectual, sobre la base del estimulo a la investigación y el desarrollo. Ello resulta una barrera al comercio de estas tecnologías por su implicación para los países en desarrollo. Lo anterior se agrava con el estancamiento en el proceso de negociaciones de Doha, donde no se ha llegado a conclusión alguna, después de 11 años de debates infructuosos en torno al papel de los Derechos de Propiedad Intelectual como principal barrera a la transferencia de la tecnología en el marco de la Organización Mundial de Comercio (OMC).
Hasta el momento, a nivel internacional se ha avanzado preferentemente en el desarrollo de tecnologías ambientales de fase final, destinadas a controlar la contaminación una vez que ésta se ha producido; en lugar de dar mayor prioridad a aquellas tecnologías limpias orientadas a reducir sustancialmente la contaminación, desde las primeras fases del ciclo productivo, o a eliminarla cuando sea posible y que, por tanto, suponen cambios significativos en los patrones de producción y consumo.
En sentido general, los recursos financieros y las tecnologías ambientalmente idóneas de que disponen los países en desarrollo para hacer frente a los retos de la sostenibilidad dista mucho de los requerimientos identificados, como se demuestra en el caso de las estrategias de respuesta ante el cambio climático. Los debates y negociaciones más recientes acerca del deterioro ambiental y las estrategias de respuesta para enfrentarlo han coincidido con la expansión de la crisis económica global a partir de 2008.
El análisis conjunto de los desafíos derivados de la crisis económica global y del deterioro ambiental permite extraer algunas lecciones:
  • se trata de retos globales que requieren soluciones multilaterales, que resulten equitativas;
  • se requiere una perspectiva histórica en el análisis;
  • ambos son problemas generados, en lo fundamental, en el mundo desarrollado, pero las mayores afectaciones tendrán lugar en los países en desarrollo.
  • los países en desarrollo, en particular los pequeños estados insulares, tienen un alto grado de vulnerabilidad ante los retos ambientales, así como frente a las crisis económicas globales. En el presente confluyen ambos factores de riesgo y la capacidad de respuesta del Tercer Mundo es sumamente limitada;
  • los gobiernos de los países desarrollados han movilizado, con gran celeridad, cuantiosos recursos financieros para salvar a las instituciones del sistema bancario internacional, pero la respuesta no ha sido igual frente al cambio climático, ni frente a otros retos socioeconómicos y ambientales del mundo actual;
  • las acciones para enfrentar la crisis global y las dirigidas a responder ante los desafíos ambientales no son excluyentes. La práctica histórica ha demostrado que muchas de las acciones dirigidas a combatir el deterioro ambiental y las medidas anti-crisis pueden resultar complementarias y reforzarse mutuamente.
En medio de este complejo contexto global, las negociaciones multilaterales sobre medio ambiente y desarrollo han servido de foro para debatir acerca de los obstáculos que enfrentan los países del Tercer Mundo para acceder al desarrollo. La brecha tecnológica, las restricciones financieras y el impacto de la deuda externa, las barreras al comercio, los límites de la cooperación internacional, entre otros, son temas recurrentes de las discusiones y actúan como telón de fondo de las negociaciones.
La discusión acerca de la “economía verde” y otros conceptos afines, como el de “crecimiento verde”, “estímulos verdes”, “inversiones verdes”, “tecnologías verdes” y ”economía con bajo contenido de carbono” han ocupado en los últimos años, espacios cada vez más importantes en los debates académicos y en las negociaciones intergubernamentales sobre medio ambiente y desarrollo. En la medida en que el medio ambiente ha pasado a ser considerado de forma creciente como un entorno frágil, se propone que el mismo debe ser administrado de manera sostenible, en correspondencia con los principios económicos para la asignación de factores de producción escasos.
Bajo este intento de imposición de un nuevo paradigma, en el que han predominado las perspectivas y puntos de vista de los países industrializados, ha sido soslayado el paradigma del desarrollo sostenible, multilateralmente reconocido en la Agenda 21 y, aunque se analizan algunos temas referidos a la realidad socioeconómica y ambiental de los países subdesarrollados (dinámica poblacional, pobreza, entre otros), ellos no han rebasado el estrecho marco empresarial y la máxima del desarrollo capitalista, la obtención de utilidades en las nuevas condiciones.
El concepto de economía verde parte de una visión reformista ante los actuales patrones de producción y consumo predominantes. Si bien constituye una respuesta del capital ante los efectos de la más reciente crisis global, resulta a todas luces – como concepto – insuficiente, limitado y estrecho. Se prioriza uno de los tres pilares del desarrollo sostenible: el económico, y se hace énfasis sólo en determinados sectores claves. Bajo esta nueva concepción se estimula el establecimiento de esquemas de privatización de la naturaleza. Ello ha sido percibido por los movimientos sociales como una revolución de libre mercado, que busca ampliar las ventajas de las corporaciones transnacionales y reforzar la mercantilización de los servicios eco-sistémicos, en detrimento de las comunidades autóctonas y de las economías más débiles. En el plano internacional, el concepto de la “economía verde” puede servir de pretexto para la aplicación de medidas proteccionistas u otras que penalicen a los países de menores ingresos; así como introducir elementos de nueva condicionalidad para el acceso de los países subdesarrollados a préstamos, flujos de ayuda o refinanciamiento de deudas.
Los líderes políticos, empresas privadas y organizaciones reunidos durante la Cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río+20) firmaron alrededor de 700 compromisos mediante los cuales han acordado dedicar a programas de desarrollo sostenible un total de 513.000 millones de dólares (unos 408.000 millones de euros). De estos fondos, 323.000 millones de dólares irán destinados a la iniciativa Energía Sostenible para Todos que encabeza el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, y que plantea como objetivo universalizar antes de 2030 el acceso a fuentes sostenibles, según Efe. Casi 100 jefes de Estado y Gobierno han estado reunidos en los últimos tres días en un esfuerzo por establecer "metas de desarrollo sostenible", un conjunto de objetivos de la ONU establecidos en torno al medio ambiente, el crecimiento económico y la inclusión social.
Pero la falta de consenso en esas metas dio como resultado un acuerdo que incluso algunos signatarios consideraron que carece de metas responsables, específicas y medibles, informa Reuters. Entre las acciones concretas, los líderes reunidos en la ciudad brasileña han planteado algunos objetivos numéricos que aspiran a lograr cada año, como plantar cien millones de árboles, alentar la iniciativa empresarial de 5.000 mujeres africanas en negocios de energía verde y reciclar 800.000 toneladas de PVC. Sin embargo, muchos ecologistas, activistas y políticos están llegando a la conclusión de que el progreso en temas medioambientales debe hacerse a nivel local con el sector privado y sin la ayuda de acuerdos internacionales.
El texto final de la Conferencia sobre el Desarrollo Sostenible Río+20, carece de ambición. El nuevo documento no eleva al estatus de agencia al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), descarta un fondo millonario para los países pobres y aplaza la creación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Además de la reacción de los delegados que participan de la negociación, miembros de la sociedad civil también criticaron el borrador de la Río+20. económicos, sociales y ambientales que enfrenta la humanidad a inicios del nuevo milenio, reclama una buena dosis de voluntad política de los tomadores de decisiones para la puesta en práctica de estrategias de desarrollo sostenible, que reconozcan la necesaria integración entre los problemas económicos, sociales y ambientales, como dimensiones que se complementan y refuerzan entre sí.
Desde una perspectiva de largo plazo y con un enfoque integral, el crecimiento económico resulta incompatible con rezagos en términos de equidad social y calidad ambiental. Los estudios especializados más recientes sobre este tema revelan los elevados costos y las muy adversas implicaciones socio-ambientales que se derivarían de la no acción o lentitud de los tomadores de decisiones en este campo.