sábado, 2 de julio de 2011

Y QUE NOMBRE LE PONDREMOS AL PAIS 193

Pero de lo que no me ha privado esta inevitable ausencia es de tratar de imaginar cómo será el nacimiento de este nuevo país, algo que no ocurría en África desde Eritrea, y que el territorio conocido como Somalilandia, en el que los clanes somalíes demuestran que no tienen por qué pasarse todo el día matándose unos a otros, ansía que le suceda pronto. Necesitara un himno, deberá contar con su propio código internacional de llamadas, por lo que la UIT le asignará un número que empiece por 2, como buen país africano que se precie. Sin embargo, la pregunta a la que doy vueltas es qué nombre se le pondrá al estado número 193 de la ONU, cuando en julio, conmemorando el final de la guerra en 2005, declare su independencia.



Lo fácil sería que se llamase Sudán del Sur, como la prensa se ha precipitado en bautizarlo. Pero si nos ponemos serios, la conveniencia y lógica de Sudán del Sur, desaparece al considerar que ese primer nombre es asociado por muchos habitantes del sur al Estado que lleva décadas infringiéndoles hambre, guerra y opresión.

Lejos de responder a una naturaleza meramente “religiosa” o “tribal”, como a menudo se ha simplificado, estos “conflictos sudaneses” son consecuencia de una multiplicidad de factores (históricos, culturales, políticos, sociales y económicos) en los que la identidad (religiosa , nacional o étnica ), la formación y concepción del estado-nación y la tensión centro-periferia han tenido un peso específico. Al margen de la causalidad interna, el análisis de esta realidad tampoco puede obviar la substancial y paulatina regionalización e internacionalización de todos sus actores, dinámicas y consecuencias. El conflicto armado en el sur, uno de los “peor malinterpretados”, según Gérard Prunier , ha adolecido de todas y cada una de estas características. Durante casi cinco décadas y de forma intermitente, los sucesivos gobiernos sudaneses (de base árabe y musulmana) y los movimientos de oposición armada del sur (pertenecientes a un sinfín de grupos étnicos y de religiones) han protagonizado una de las guerras más cruentas de todo el continente africano. Dicho enfrentamiento, que en su última etapa (1983-2005) mantuvieron el gobierno de Jartum y el grupo armado de oposición Sudan People’s Liberation Movement/Army (SPLM/A), llegó a su fin con la firma del llamado Comprehensive Peace Agreement (CPA) el 9 de enero de 2005 . Este acuerdo contemplaba, entre otros aspectos, el establecimiento de un Gobierno de Unidad Nacional (GoNU, por sus siglas en inglés) y de un Gobierno autónomo para el sur (GoSS, por sus siglas en inglés), así como la celebración de elecciones en 2008 o 2009 y de un referéndum de autodeterminación para el sur en 2011.

El final de la Guerra Fría y el impacto del fenómeno de la globalización alumbraron cierta reconfiguración de las características de los conflictos armados, lo que algunos autores como Mary Kaldor han denominado “nuevas guerras” (new wars). El conflicto en el sur de Sudán, esencialmente desde 1983, integra muchas de las especificidades de estas “nuevas guerras”, inter alia: a) un carácter intraestatal pero internacionalizado; b) la utilización de nuevos métodos de lucha y combate; y c) el desarrollo de una economía de guerra globalizada y descentralizada.

En Sudán del Norte quedará Jartum, la capital, las famosas cataratas del Nilo y un inmenso patrimonio heredado de un pasado muy rico que compartieran en parte con los antiguos egipcios. El Sudán del Sur está por construir. Su futura capital Juba, debe reoganizarse y edificarse como tal. De hecho, el futuro gobierno de Sudán del Sur está tomando contacto con empresas y países del mundo para que aporten a este nuevo país. Quedan muchas cosas para definir antes del alumbramiento. Por ejemplo, las fronteras entre Sudán del Norte y Sudán del Sur, ya que la existencia de petróleo en la franja que delimita ambas regiones lo entorpece todo por un lado. Por el otro, el referéndum y la decisión de secesión han sido apoyados y estimulados por países como Estados Unidos y China. Y han prometido sacar a ambos “Sudán” de la lista negra de países peligrosos. Curiosa coincidencia.

Y lo que tenía que acabar pasando, acabó pasando: Comienza la balcanización de África. Que no es otra cosa más que la asunción por parte de la comunidad internacional de que el mantenimiento a toda costa de las fronteras heredadas de la descolonización del continente negro es simplemente imposible, intentar comprender desde nuestra visión occidental, el fraudulento artificio que son la mayoría de los Estados del África Negra: Construcciones políticas forzadas, ineficaces y sin el menor deseo de eficacia impuestas además sobre poblaciones cuya agrupación cultural y social dominante es la tribu o clan familiar extendido y que han ido quedando paulatinamente en manos de tiranuelos que son poco más que caudillos de etnias tribales -o coaliciones más o menos estables de las mismas- armadas.

Pueden contarse con los dedos de una mano los países del sur del Sáhara que no han tenido uno u otro estallido de violencia tribal o interétnica desde su independencia. Se trata, sin excepciones, de Estados con extensiones reducidas o con una gran homogeneidad racial -pienso ahora mismo en Guinea Ecuatorial o Gabón y su predominio de etnias de raíz bantú. Por supuesto, la guerra de Ruanda -iniciada cuando el 89% de hutus del país trató de llevar a cabo un genocidio contra el 11% de tutsis naturales del mismo-nos demuestra que ni siquiera la homogeneidad es una garantía de estabilidad cuando existen siglos de tradición de tocarle las narices al vecino. Pero es que la condición de Estado exitoso o fracasado tenga apenas relevancia: Kenia era y es moderadamente exitoso eso no le libró de su ración de machetazos cuando los lúos (o lúas- decidieron que ya estaba bien de que los kikuyus les chuparan la sangre.

Naturalmente, las razones para la secesión de Sudán del Sur (nombre provisional) son absolutamente justificadas: A los cristianos y animistas habitantes de la región simplemente les están matando con todo el apoyo de las tropas del norte islamizado. Situación similar en Nigeria, los boers en Sudáfrica, la República Democrática del Congo, o a las situaciones imposibles de Liberia o Sierra Leona que verdaderamente es como para reflexionar de cara al futuro a medio plazo: ¿Porqué a los sur-sudaneses sí se les debe permitir un estado de base étnica-religiosa y a los demás no?.

Sudán del Sur tendrá aproximadamente 9 millones de habitantes, en su mayoría fieles de religiones animistas y con presencia cristiana (lo que les diferencia del Norte, predominantemente musulmán). Su territorio forma parte de una de las zonas lingüísiticas más ricas de África, con más de 200 lenguas. En su territorio hay grandes espacios naturales, desde sabanas hasta montañas y una gran riqueza de fauna. Es paso de la Gran Migración de Búfalos cada año, cuando unos 2 millones de animales atraviesan su territorio.

La realidad es que gran parte de los Estados africanos actuales tienen su viabilidad en entredicho. El 50% del problema lo suponen ellos mismos por la incompetencia y la corrupción generalizada de sus dirigentes, en todos los casos parte inseparable del problema permanente de esos Estados.

Pero es que la otra mitad del problema es el empeño absurdo -e interesado- en obligar a convivir en unidades políticas absolutamente ficticias a poblaciones que a) Se odian y b) No están preparadas en modo alguno para vivir en Estados.

Resulta curioso ver como de forma paralela a la caída del predominio estadounidense van aplicándose "excepciones" a las reglas generales del derecho internacional en materia de independencia, autodeterminación y soberanía. Primero, Kosovo en el mismísimo corazón de Europa. Después, Osetia del Sur en un Cáucaso que no deja de ser Asia. Era cuestión de tiempo que se abriera el melón del África Negra, que es seguramente el que más razones válidas tiene para abrirse, pero que es al mismo tiempo una caja de Pandora de consecuencias más arriesgadas y difíciles de prever cuando el continente entero es un hervidero de rencillas tribales y estados fallidos.

En una columna de opinión en el New York Times escrita por el presidente Barack Obama, expone que este "histórico voto es un lucha por auto-determinación que se viene realizando desde hace tiempo", declara el presidente norteamericano. "Un exitoso voto será una causa de celebración y un inspirador paso hacia delante en el largo viaje de África hacia la democracia y la justicia".

Tales declaraciones son falaces. No hay duda sobre el entusiasmo por la separación en el sur, debido a la esperanza de que una línea fronteriza pueda ser trazada debido a la guerra civil entre el norte y el sur que lleva décadas. Dos millones de personas han muerto en el conflicto que comenzó desde el momento de independencia en 1956 y ha continuado hasta el 2005, con los últimos 21 años siendo los más destructivos. El número de aquellos que han sido desplazados es de casi 4 millones. Generaciones enteras han crecido en campos de refugiados.

Pero el referendo no tiene nada que hacer con auto-determinación, paz o democracia. Está dictado por los esfuerzos de los Estados Unidos para ganar una ventaja estratégica en relación a China, el cual domina la industria petrolera sudanés, 80% del cual está localizado en el sur. Su objetivo es la creación de un estado títere que se convierta en una plataforma para la dominación estadounidense de la región entera.

La separación del sur y la creación de un nuevo estado tan sólo perpetuaría conflictos religiosos y étnicos, y el resultado más probable sería una reanudación de enfrentamientos bélicos. Ya se ha reportado que más de 30 personas han sido asesinadas en enfrentamientos sobre la supuesta frontera entre el norte y un nuevo estado en el sur.

Los más de 50 estados que ahora existen en África y las fronteras entre ellos han sido todas forjadas por las maquinaciones históricas de las antiguas potencias coloniales. Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica, Portugal, etc., marcaron las fronteras que siguen hasta hoy para designar sus esferas de influencia en contra de sus rivales, y usualmente las trazaban para precisamente apoyar y explotar conflictos étnicos como parte de una estrategia de división, conquista y dominio. Este es un legado del "Repartimiento de África" del siglo 19 con consecuencias hasta el día de hoy. La propuesta creación de un estado en el sur de Sudán no tiene un linaje menos innoble que el de la previa creación de la República de Biafra durante la guerra civil nigeriana. También se debe recordar la terrible historia de las intrigas imperialistas en Sudán. Desde la década de 1880, Gran Bretaña intentó obtener el control sobre Sudán para prevenir que Francia anexe una región que controlaba las cabeceras del Nilo. Sudán se volvió una colonia británica en 1898 después de sistemáticas masacres de tropas africanas. La actual división norte-sur es un legado del dominio británico. Gran Bretaña instigó el enfrentamiento entre grupos tribales, étnicos y religiosos. Obama está siguiendo las huellas de Gran Bretaña al exacerbar tales divisiones.

Las masas de Sudán y las de todo continente africano están convirtiéndose en rehenes de los rapaces diseños de las más grandes potencias y de las élites locales que funcionan como sus apoderados. Sin embargo, en el fondo de toda esta situación encontramos el debate sobre la viabilidad de un proyecto común entre dos realidades, la del norte y la del sur, tan absolutamente dispares. La crisis de identidad múltiple que Sudán arrastra, sumado a la historia de desavenencias y agravios, hace difícil pensar en un futuro de normalización política y social.

A este tenor cabe igualmente preguntarse ¿cómo conectar los grandes, y por qué no decirlo, ficticios proyectos estatales de origen occidental con la compleja realidad multiétnica y el pluralismo cultural de las sociedades africanas?¿Qué proyecto propone más adecuadamente un futuro de paz y prosperidad para las poblaciones que viven en territorio sudanés, así como en otros estados africanos? Mbuyi Kabunda asevera: “La lógica más elemental llama a su reconfiguración sociológica mediante el «darwinismo étnico» siendo la meta su adaptación a las mentalidades populares. Los pueblos los interiorizarán sólo si son resultados de su historia social, política y económica. El Estado actual, incapaz de reunir y representar a todas sus nacionalidades no está capacitado para crear la nación y representarla a nivel internacional ”.