sábado, 8 de octubre de 2011

UNA DÉCADA DESPUÉS DEL 11-S ¿QUÉ HEMOS CAMBIADO?

El 11-S propicio que el mundo se transfigurara, pero es que el mundo tiene ciclos de modificación. Se altero con la caída del Muro de Berlín, y ahora se transforma con los procesos actuales en países de Norte de África y Oriente. Marcamos nuestras referencias vitales en base a puntos concretos en el calendario, pero se trata de puntos que vienen determinados por fuerzas, planes, ideas, que se mueven día a día.

En este sentido el 11-S fue un día más de un proceso que ya se venía desarrollando desde muchos años antes.

En una retrospectiva de los últimos diez años, el principal efecto para la sociedad y los ciudadanos ha sido la necesidad de aprender a convivir con el miedo. El 11-S dejó claras nuestras debilidades, lo fino que es el hilo que nos une a la vida, la facilidad de su ruptura en base a la sinrazón humana, la certeza de no estar seguro en ningún lugar o tiempo. Es fundamental conocer el miedo para poder entender la seguridad. Y todas las implicaciones que esa relación supone. En las sociedades tradicionales había grandes miedos, pero eran más o menos previsibles (Guerra Fría). Actualmente las fuentes de riesgo tienen tal diversidad, sufren tales mutaciones, y sus componentes son tan multivariables, que son difíciles de detectar y posteriormente de gestionar.

Uno de los efectos del 11-S ha sido intensificar el clásico debate sobre la libertad y la seguridad. La dirección del ciclo es clara, la seguridad está al servicio de la libertad, que es el gran objetivo. La seguridad es únicamente un medio para lograr ese fin, dado que por sí mismo no se podría conseguir. El gran temor social es que la excusa de la seguridad propicie limitaciones con otros fines. La adopción no es del todo difícil: el miedo del ciudadano, ante el ofrecimiento de una mayor seguridad, permite que acepte incluso de buen grado algunas limitaciones.

Otro de los debates generados tras el 11 de septiembre, ha sido el relativo a las actividades desarrolladas en Internet. Al Qaeda supo interpretar muy bien las posibilidades y necesidades: una organización en red y “en la red”. Y desde este punto de vista comenzaron a ganar la batalla, dado que las organizaciones que debemos ofrecer seguridad ni estamos organizadas en red, ni disponíamos de sistemas de trabajo colaborativos, ni se propiciaba una gestión del conocimiento colectivo entre servicios de inteligencia y fuerzas policiales. Al menos hasta hace años, siendo a raíz de los atentados de 2001, y de Madrid en 2004, cuando la necesidad de colaboración y cooperación ha quedado patente y ha posibilitado concienciar a los elementos más reticentes.

Tras el 11 de septiembre, y a causa de otros hechos (como las revueltas árabes, los disturbios de Londres de este verano, el fenómeno del 15-M, entre otros), ha continuado el debate sobre la limitación de derechos fundamentales en casos excepcionales. Algunos países llegaron a cortar el acceso a internet, o al menos a algunas redes sociales, como reacción a las protestas y manifestaciones que se producían.

Uno de los efectos inmediatos del 11-S fueron las guerras. En octubre de 2001 se desencadena la Operación Libertad Duradera, amparada en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, y que tiene por objetivo acabar con Al Qaeda y la protección que le ofrece un estado fallido como Afganistán. El horror de los hechos de septiembre, unido a las formas de gobierno de los líderes talibanes, hizo que no existiera demasiada oposición a esta intervención, que tuvo carácter internacional. Una segunda operación, la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), fue establecida a finales de 2001 por las Naciones Unidas, pasando a control de la OTAN en 2003.

Los datos sobre fallecimientos civiles son más difíciles de obtener. Tan sólo a final de año la Misión de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) y la Comisión Independiente de Derechos Humanos (AIHRC) publican un informe con la cantidad global. En los últimos cuatro años, de 2007 a 2010, han muerto 8.830 civiles a causa de la guerra. Algunos por los errores de las tropas internacionales, pero otros por la propia acción de la insurgencia.

Posteriormente asistimos a la Guerra de Irak, iniciada en 2003 y finalizada en 2010, que aunque no es un efecto directo de los ataques del 11 de septiembre, sí que tuvo serias repercusiones en la denominada guerra contra el terrorismo, siendo una de las causas (entre otras múltiples) de los ataques terroristas en Madrid y Londres, y propiciando un incremento en el tono de las amenazas hacia países occidentales. También generó una intensa acción de Al Qaeda en Irak, que debilitada actualmente, ha tenido influencia en cuanto a procedimientos, métodos terroristas, propaganda e influencia, por ejemplo en el actual líder de Al Qaeda en el Magreb Islámico.

¿Qué es legal? ¿Quién determina lo que es legal o no? ¿Qué es la ética? Sin duda, la forma de actuar de los Estados Unidos está muy lejos de las posibilidades de otros países. Pero sucede que la sociedad ha evolucionado, dispone de mayores medios de comunicación, y no necesita intermediarios (políticos o medios de comunicación) que les relaten lo que está sucediendo. Determinadas imágenes o fotografías no ofrecen ninguna posibilidad de justificación. Algunas de las actuaciones conocidas en esta década, consecuencia de los atentados del 11-S, son incompatibles con los enunciados valores que defienden los Estados Unidos, la libertad y la democracia. Hemos asistido a encarcelaciones de presos sin juicio (Guantánamo), existencia de prisiones ocultas, sistemas avanzados de interrogatorio (eufemismo de la tortura), presuntas ejecuciones (Osama Bin Laden), o los comentados vuelos de la CIA.

Casi en el epílogo de la década, en verano de 2010, llega Wikileaks y cambia todo el panorama, con una lección clara: quizás sea mejor contar las cosas, y actuar con transparencia, porque antes o después alguien vendrá a contarlo. Y ello no exento a la crítica de los múltiples aspectos de seguridad que Wikileaks hace tambalear, con claros ejemplos obvios en cuanto se repasa el contenido de varios de los cables difundidos.

Todas estas cuestiones han dañado la imagen de Estados Unidos, han afianzado el discurso yihadista, y han debilitado el presunto interés occidental por la democracia.

Ahora bien, entre otros efectos no podemos dejar de mencionar las diversas teorías conspiranoicas que compiten con la versión oficial de lo que aconteció esa mañana de septiembre. Hay algunos que se cuestionan algunas de las verdades incuestionables y sacan conclusiones que, cuando menos, hacen reflexionar a los que las escuchan. En el ciberespacio hay teorías sobre los atentados para todos los gustos. Desde los que opinan que todo es una conspiración de Bush y Osama bin Laden para hacerse con el poder mundial hasta los que creen que hay gente que se hizo de oro especulando en Bolsa con los valores de algunas aseguradoras días antes de los atentados.

¿O dónde están los restos del Boeing 757-200, que pesa más de 100 toneladas, y que no se pueden ver en ninguna de las fotografías? Esa es la pregunta que se hace el investigador francés Thierry Meyssan, publicada en el libro ‘La gran impostura’ y del web francés Resseau Voltaire, que utilizó pequeños montajes fotográficos para demostrar que es imposible que un avión de ese tamaño causara tan pocos desperfectos en el Pentágono y, sobre todo, que en ninguna de las miles de fotografías tomadas esos días aparezca un solo fragmento del avión.

Otra es sobre el vuelo número 93 de United Airlines, que viajaba de Newark, New Jersey, a San Francisco, acabó su viaje a las 10.06 de la mañana al estrellarse en Sommerset, cerca de Pittsburg. Días después, se hicieron públicas varias conversaciones de los pasajeros del avión secuestrado con sus familiares, en las que aseguraban que iban a tratar de reducir a los terroristas. Así, estos hombres se convirtieron, a ojos de la opinión pública, en héroes que dieron su vida por evitar un acto como el de las Torres Gemelas. Sin embargo, muchos sostienen que el avión fue, en realidad, derribado por cazas estadounidenses, sino, ¿cómo es posible que en el lugar del accidente no queden apenas restos más grandes que un dedal y sólo haya un inmenso agujero? La teoría, además, se apoya en unas declaraciones del vicepresidente Dick Cheney, quien aseguró a la prensa que el presidente Bush ordenó a su fuerza aérea, tras el impacto de los dos primeros aviones, que derribara a cualquier avión en vuelo.

Sobre como el FBI proporcionó a los medios de comunicación una lista con los 19 terroristas kamikazes, una relación que, sin embargo, ha sido muy cuestionada en la red de redes. Para empezar, algunos se extrañan que ninguno de los terroristas estuviera incluido en las listas de pasajeros de cada vuelo. La embajada saudí en Washington confirmó que cuatro de los miembros de la lista (Alomari, Al Shehhi, Alhazmi y Alghamdi) vivían. Uno de ellos, incluso, concedió una entrevista a un periódico árabe en Londres. Pero el caso más curioso es el de Mohamed Atta. El padre del terrorista, un reconocido abogado egipcio, sostiene que su hijo le llamó por teléfono dos veces después de los atentados y que, algo más tarde, fue asesinado por el Mossad.

En el web CNS news.com, apuntan que alguien debería investigar quién fue la persona que compró, en septiembre de 2000, varios dominios de Internet, entre los que se encontraban attackonamerica.com, attackontwintowers.com, pearlharborinmanhattan.com, towerofhorror.com y otros 13 nombres muy similares.

Otros se cuestionan si será cierta o no la afirmación (que llegó a publicar el diario The Washington Post) de que Odigo –una empresa de mensajería electrónica- recibió mensajes de alerta anónimos donde se informaba de los atentados dos horas antes de que ocurrieran, y de que la empresa, a su vez, los reenvió a miles de ocupantes de las Torres Gemelas. Eso explicaría que el número de fallecimientos fuera "bajo", ya que muchos empleados no se encontraban en su lugar de trabajo en el momento en el que los aviones se estrellaron.

Después del 11-S, la mayor amenaza terrorista se limitaba al islam radical, pero hoy, esa imagen ha cambiado: las autoridades están cada vez más centrado en el “lobo solitario” que vive al lado, que se radicaliza a través de Internet. El tiroteo fatal de marzo de dos soldados estadounidenses en Frankfurt por un albanés de Kosovo. El complot de las bombas en Fort Hood en Texas, los soldados inspirados por el tiroteo de 2009 en el puesto del Ejército en Texas. El ataque frustrado en Fort Dix, Nueva Jersey, por una pequeña célula de terroristas locales. Estos terroristas islámicos comparten algo en común con Anders Behring Breivik, el asesino de Noruega que odiaba a los musulmanes. Son obra de extremistas difíciles de rastrear debido a que no dejan rastros. El presidente Barack Obama dijo en una entrevista para CNN el 16 de agosto que “el ataque terrorista en Estados Unidos de un "lobo solitario", es más probable que un gran esfuerzo coordinado como el 11-S”. Y es que estos lobos solitarios o pequeñas células se funden con la población en general representan un reto más resbaladizo.

Cerramos estos días una década marcada por el miedo, la guerra, las dudas sobre si las decisiones adoptadas fueron las mejores. Una década de terror, de atentados, de extremismo, de sangre y lágrimas, de torturas y violaciones de los derechos humanos, de ejecuciones, de hipocresía vestida de eufemismos como “daños colaterales” o “fuego amigo”. Una década que podría haber tenido un perfecto broche con la muerte de Bin Laden. Pero esto no es así. Asistimos al final de una película inconclusa, a pesar de ajustarse a un típico guión hollywoodiense: acción impactante inicial, y el “más malo de los malos” que muere al final. Mientras podemos señalar a día de hoy muchas secuelas, desconocidas anteriormente, la incertidumbre del mundo actual nos hace dudar sobre próximos capítulos de esta película.

Si es difícil hablar de ganadores, mucho más sencillo resulta buscar perdedores: víctimas civiles de atentados y guerras, familias rotas, soldados que se despidieron de sus allegados a los que ya nunca volvieron a ver. Pero hay todavía más perdedores: la ética, los valores, y la democracia, hasta el punto que media humanidad, que nunca la ha conocido, la desea, mientras parte de la otra mitad, que sí la tiene, la anda buscando.