sábado, 8 de octubre de 2011

GUERRAS DEL SIGLO XXI

Los conflictos convencionales, entre estados, casi han desaparecido. Desde ese punto de vista es un mundo más seguro. Pero estamos en un mundo más inestable porque han surgido actores no estatales, capaces de hacer la guerra y de poner en situaciones de inestabilidad países enteros, como es el terrorismo internacional, el crimen organizado, el tráfico de seres humanos, las ciberamenazas.

En un capítulo de su clásico tratado “De la Guerra”, el teórico prusiano Karl von Clausewitz describe la guerra como "un verdadero camaleón", que cambia permanentemente y adapta su apariencia a las variables condiciones sociopolíticas en las que se desarrolla. Clausewitz explicó esta metáfora distinguiendo tres elementos constitutivos de la guerra: la violencia intrínseca de sus componentes, la creatividad de los estrategas y la racionalidad de quienes toman las decisiones políticas. Atribuye el primero de esos elementos, la "violencia intrínseca de sus componentes, el odio y la enemistad, que deben considerarse como instinto ciego", al pueblo; considera que el segundo, "el juego de probabilidades y el azar que hace de la guerra una actividad libre del espíritu", es un asunto que compete a los generales; y entiende, por último, que "la naturaleza subordinada de una herramienta política, por la cual pertenece estrictamente a la razón", hace de la guerra un instrumento de gobierno. De aquí deriva también la clásica definición de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios.

En cada uno de estos ámbitos, las evoluciones sociales, las cambiantes relaciones políticas, los adelantos tecnológicos y, por último, los cambios culturales, generan continuamente nuevas configuraciones. Por lo tanto, la guerra también adquiere constantemente nuevas y diferentes formas. En opinión de Clausewitz, el factor que ocasiona los cambios más profundos y transcendentales en las formas que adopta la guerra, es la triple interdependencia entre la violencia elemental, la creatividad estratégica y la racionalidad política. Nos preguntamos sin embargo, ¿cuál es el destino de la guerra en el futuro? Las guerras del futuro tomarán cada vez más en consideración el factor tiempo, el uso del tiempo como arma estratégica, toda vez que el espacio estratégico ha hecho implosión, la especial creatividad de Mao Tse-Tung como teórico de la guerra de guerrillas reside en su hallazgo de que un proceder lento, una desaceleración del curso de los acontecimientos, brinda la oportunidad de oponer con éxito una resistencia armada a un enemigo que es superior tanto por sus recursos técnicos como por su organización militar.

Un aparato militar superior en medios técnicos y en organización tiende a acelerar el curso de la guerra, pues es el mejor medio de hacer valer su superioridad. Ejemplos de ello son la caballería de Murat, que perseguía y destruía rápidamente al enemigo vencido por Napoleón en el campo de batalla; los cazabombarderos y los misiles de crucero de Schwartzkopf durante la Guerra del Golfo, que paralizaron las estructuras de mando y de aprovisionamiento iraquíes antes incluso de que comenzara la guerra en tierra. El concepto de aceleración, se precisa más en la noción de escalada, que nos permite comprender los cambios suscitados por la globalización en el fenómeno de la guerra.

Las guerras del siglo XXI, donde la disponibilidad de más recursos materiales y un mayor desarrollo tecnológico no decidirán automáticamente la victoria. La enorme superioridad de Estados Unidos en medios técnicos militares no es una garantía de que este país vaya a salir victorioso de todas las guerras que parece cada vez más dispuesto a librar. Ya lo estamos observando en Afganistán, donde al revés de lo que nos anuncian los relacionistas públicos de los Ejércitos, el número de bajas estadounidense aumenta, la opinión pública se inquieta y nadie es capaz de decir cómo ellos van a vencer o prevalecer en una guerra que se prolonga indefinidamente. Lo fácil que es entrar en guerra, hoy, se encuentra con lo difícil que es salir de ella. Sin embargo, las sociedades occidentales, con un alto grado de desarrollo económico y basadas en la primacía del derecho, la participación política y una mentalidad "posheroica" (es decir, para las cuales la "guerra heroica" y el sacrificio de la vida han dejado de ser un ideal), no tendrán más remedio que proseguir el desarrollo tecnológico de sus aparatos militares si desean preservar su capacidad de respuesta militar.

Una competencia entre las armas de alta tecnología y las de tecnología rudimentaria es, en cambio, asimétrica. Desde el 11 de septiembre de 2001, somos conscientes de que una simple navaja, si se la emplea para secuestrar un avión y estrellarlo contra edificios o ciudades, puede servir para hacer temblar los cimientos de una superpotencia. En ese caso, sin embargo, no fue sólo la desaceleración lo que permitió a los comandos terroristas atacar a Estados Unidos, sino una combinación de velocidad y lentitud. Las infraestructuras de la parte atacada fueron aprovechadas por un grupo clandestino, que pudo preparar los ataques sigilosa y tranquilamente, y transformar luego los aviones en cohetes y el combustible en explosivo. En cambio en Líbano 2005, pudimos observar el facaso militar de un ejército convencional, Tsahal de Israel, frente a fuerzas de guerrilla urbano-rural actuando en forma de red, como el Hizbollah libanés.

Evidentemente, la creatividad estratégica no puede desplegarse independientemente de los otros dos elementos de la trinidad de Clausewitz, a saber, la violencia propia de la guerra y la racionalidad política de quienes toman las grandes decisiones. Por ello, el principio de una desaceleración sistemática de la violencia, como en una guerra de guerrillas, sólo puede aplicarse con éxito cuando una mayoría abrumadora de la población no ve otro medio para resolver los problemas sociales, económicos y políticos, que una guerra que causará grandes pérdidas y estragos. Sólo entonces proporcionará la población apoyo logístico a las guerrillas, no colaborará con el enemigo y permitirá que cada vez más jóvenes, hombres y mujeres, sean reclutados para la guerra. De lo contrario, los guerrilleros no pueden moverse como pez en el agua entre la población, pues no están en su elemento natural y son fácil presa del enemigo.

En las guerras del futuro, la frontera entre lo civil y lo militar continuará diluyéndose, así como las organizaciones militares y las instituciones de la defensa deberán aprender a terminar con la clásica separación entre “tiempo de paz” y “tiempo de guerra”. Ahora y en el futuro, el paso de ambos estadios del tiempo, puede ser de breves días u horas, por lo que las estructuras organizacionales y logísticas de la defensa tendrán que adoptar una arquitectura única para ambos tiempos. Además, las actuales tendencias también indican que, en el siglo XXI, amplios sectores de la población podrán pensar que su única oportunidad para el futuro será librar guerras y salir vencedores de ellas.

El incremento de los riesgos ambientales, como la escasez de agua, la creciente desertización y la elevación del nivel de los océanos; una mayor desigualdad mundial en la distribución de los bienes de consumo, en las oportunidades de educación y en las condiciones de vida; el desequilibrio de los índices demográficos y los flujos de migración; la inestabilidad de los mercados financieros internacionales y la decreciente habilidad de los Estados para controlar la propia moneda y la economía; y, por último, la rápida disgregación de los Estados en algunas partes del mundo, son factores suficientes para suponer que muchas poblaciones considerarán que los cambios violentos, más que un desarrollo pacífico, ofrecen más probabilidades de garantizar su futuro.

Por ello, el empleo de la fuerza para alcanzar un futuro mejor se convertirá en el elemento clave de su razonamiento político y estarán dispuestas no sólo a luchar para obtener recursos vitales, sino a librar guerras asimétricas contra adversarios superiores.

No caminamos hacia un mundo con menos guerras, sino hacia guerras de baja o mediana intensidad pero de alta frecuencia.

En principio, la guerra se ha vuelto poco atractiva, tanto política como económicamente, para los países desarrollados. Los costos superan las ganancias. En las sociedades "posheroicas", el máximo valor es la preservación de la vida humana y, con ello, la multiplicación y la intensificación de sentimientos individuales de bienestar. Ahora bien, esto es precisamente lo que están combatiendo los diversos movimientos fundamentalistas y otras formas de organización contrarias al orden imperial, capitalista y globalizado, que, lejos de limitarse a defender vestigios de rancias tradiciones, están, por el contrario, resistiéndose a la modernización según las pautas occidentales. El dilema que ha determinado el desarrollo sociopolítico de los años ochenta y noventa será también decisivo en el siglo XXI: el hecho de que un mundo en el que la sociedad se ha desarrollado gracias al diálogo y a la cooperación se basa en supuestos que sólo pueden admitirse si se logra una amplia nivelación de las particularidades debidas a la religión, la cultura y la civilización.

¿Pero cómo se ha convertido de nuevo la guerra en una actividad particularmente lucrativa? Hay que recordar que la guerra no siempre fue un negocio deficitario. Por el contrario, varias veces en la historia europea, cuando las circunstancias fueron apropiadas, la formación de ejércitos privados podía ser muy rentable. De otro modo sería imposible explicar el surgimiento de fuerzas mercenarias, como los condottieri italianos, los Reisläufer suizos o los Landsknechte alemanes. Cabe suponer que todos ellos consideraban la guerra como un medio de subsistencia. Como propone el viejo axioma "bellum se ipse alet": la guerra se alimenta de la guerra.

Mientras que, en los conflictos simétricos, el mero hecho de preparar una guerra, por no hablar de librarla, resulta cada vez más oneroso, los estrategas de las nuevas guerras han logrado abaratar tanto las operaciones militares que han convertido de nuevo la guerra en un negocio prometedor. Obviamente, esto no significa que el costo social total de una guerra también sea bajo.

En las nuevas guerras, la fuerza se ha convertido en una fuente de ingresos para quienes poseen armas y están dispuestos a usarlas, ya sea para procurarse medios de subsistencia, ya sea, con frecuencia, para enriquecerse. De modo que, en las nuevas guerras, reaparece el viejo axioma: la guerra se alimenta de la guerra, y por eso hay que alimentarla con la guerra.

Así, las nuevas guerras se caracterizan por la emergencia de jefes militares que controlan un territorio por la fuerza de las armas a fin de explotar sus recursos naturales, desde petróleo y minerales hasta metales preciosos y diamantes, o de expedir licencias para su explotación. Paralelamente, no sólo se advierte una proliferación de los mercenarios –la mano de obra bien remunerada de estas guerras– sino un uso creciente de niños soldados, que han demostrado ser un medio de guerra eficaz y económica.

Dos factores han sido decisivos en la aparición de este nuevo tipo de guerras: la habilidad en financiarlas con los flujos de bienes y capitales generados por la mundialización y, lo que es aún más importante, el hecho de que se han hecho poco costosas.

Es probable que estas nuevas guerras no queden confinadas por siempre a las zonas que están ahora afectadas por ellas, es decir, América del Sur y Central, el África subsahariana y Asia central y meridional, y que se propague, por diversos conductos, a las zonas ricas del hemisferio norte.

La desmilitarización de la guerra significa que las guerras del siglo XXI se librarán sólo en parte por soldados y, en su mayor parte, ya no estarán directamente dirigidas contra objetivos militares.

Desde el empleo estratégico de la desaceleración contra un aparato militar que depende de la intensificación de las hostilidades hasta el redescubrimiento del suicidio como una amenaza a las sociedades basadas en el diálogo, las últimas novedades en la conducción de la guerra casi siempre consisten en estrategias asimétricas.

Por ello, cabe predecir que las guerras del siglo XXI serán predominantemente asimétricas, a diferencia de las llamadas guerras clásicas de la historia europea, a partir del siglo XVII, que eran de carácter casi exclusivamente simétrico. Para que el empleo de la fuerza sea simétrico, han de cumplirse numerosas condiciones: en primer lugar, que las partes concernidas reconozcan que están a la par.

Basándose en estas condiciones, es posible limitar el empleo de la fuerza y disponer, por ejemplo, que la fuerza sólo se use entre iguales que puedan identificarse mutuamente como combatientes. Los que queden fuera de esta ecuación no serán objeto de ataques deliberados, pero sólo a condición de que se abstengan, por su parte, de emplear la fuerza. En las guerras asimétricas, propias del siglo XXI en cambio, se percibe una tendencia a que la violencia se propague y penetre en todos los ámbitos de la vida social. Esto es así porque, en las guerras asimétricas, la parte más débil usa la comunidad como cobertura y base logística para dirigir ataques contra un aparato militar superior. El punto de partida de este proceso está marcado por la guerra de guerrillas.

¿Existe alguna manera de detener, o de lentificar, al menos, la evolución que acabamos de describir? Probablemente, el retorno a la estabilidad de los Estados a escala mundial sea el único medio efectivo de frenar la privatización de la guerra, la asimetría creciente de las estrategias de fuerza y la desmilitarización de la guerra, es decir, la afirmación de autonomía mediante elementos previamente incorporados en estrategias político-militares. Después de todo, la estatalidad está sujeta a los criterios de racionalidad política, que son irreconciliables con esos fenómenos. Sin embargo, habida cuenta de las tendencias englobadas bajo el término mundialización, parece dudosa la vuelta a una nacionalización de la política a escala mundial. Sólo se lograría el éxito deseado si, en esos Estados, subieran al poder unas elites capaces de resistir a la corrupción, lo que, en las circunstancias actuales, también parece poco probable.

Así pues, las guerras del siglo XXI no se librarán, en la mayor parte de los casos, con una potencia de fuego masiva y enormes recursos militares.

Tenderán a seguir librándose a fuego lento, sin principio o final claro, mientras que la línea divisoria entre las partes beligerantes, por un lado, y el crimen internacional organizado, por otro, será cada vez más difusa. Por ello, ya hay quienes sostienen que tales situaciones no constituyen, en realidad, guerras.

Olvidan que, antes de que la guerra fuera monopolio del Estado moderno, hubo siempre una alianza estrecha entre mercenarios y bandidos.

Parece que, en el siglo XXI, el camaleón de la guerra va a cambiar cada vez más de apariencia para asemejarse, en muchos aspectos, a las guerras que se libraron entre los siglos XIV y XVII.

El siglo XXI será el siglo de las Guerras de Occidente.