sábado, 10 de marzo de 2012

GEOPOLÍTICA DEL TERRORISMO

Los desarrollos teóricos y los enfoques analíticos específicos de las Ciencias Políticas y de las Relaciones Internacionales, son pilares que nos permiten examinar e interpretar hechos y procesos de la realidad internacional. Normalmente, sirven para orientar la tarea que los investigadores pero se construyen para responder a los problemas que plantea la realidad.

Es indudable que los sucesos del 11-S de 2001 marcaron un punto de inflexión en la trayectoria histórica del terrorismo. Efectivamente, estos ataques pusieron de manifiesto la verdadera envergadura del fenómeno y modificaron los parámetros de la seguridad, la política y la convivencia del Sistema Internacional en su conjunto. Desde entonces, los esfuerzos de los especialistas se encaminaron a profundizar en su conocimiento y a intentar interpretar sus capacidades técnicas, logísticas y operativas. Para ello, se han adoptado diversos enfoques a través de los cuales se ha procurado ampliar, sistemáticamente, las perspectivas analíticas y los encuadres teóricos.

Como sabemos, el terrorismo constituye un problema en el más estricto sentido del término; un problema concreto que afecta la vida, la seguridad y el bienestar de muchas sociedades contemporáneas, pero también un problema teórico que ha suscitado fuertes debates y confrontaciones entre académicos, políticos y militares. En otras palabras: en el caso del terrorismo, la relación de sus estudios con la esfera de la acción es tan estrecha como complementaria pues, los progresos que se lleven a cabo para prevenirlo, constreñirlo o combatirlo, dependerán de los avances que se materialicen en la esfera del conocimiento. Lamentablemente, durante mucho tiempo, el terrorismo ha sido considerado un tema arduo, complejo y polifacético; un objeto de análisis turbio y muy poco noble que conviene evitar. En efecto, confusión, polémica e incertidumbre parecen ser los términos que caracterizan a sus estudios; estudios en los que los interrogantes exceden a las respuestas, las confrontaciones a los acuerdos y las dudas a las certezas. Esto puede observarse claramente en el hecho de que no existen ni definiciones consensuadas ni teorías generales que puedan explicar el fenómeno. Tampoco se han registrado progresos sustanciales en el nivel metodológico, cuyos logros han sido más bien escasos e inconsistentes. Finalmente las diferencias ideológicas y/o políticas han prevalecido por sobre las precisiones científicas, restando valor y objetividad a los resultados obtenidos.

Todos estos obstáculos han desencadenado una sensación de “impotencia generalizada” que ha incidido directamente en la falta de acuerdos internacionales: acuerdos que permitan fortalecer la capacidad de respuesta, que contribuyan a coordinar y a concentrar los esfuerzos contra-terroristas y que faciliten el hallazgo de soluciones efectivas. Sin embargo, el terrorismo ha incrementado notablemente su capacidad destructiva, ha mejorado sistemáticamente sus facultades técnicas, logísticas y operativas y ha encontrado nuevas y variadas formas de desplegar el terror.

Ahora bien: ¿cuál es la naturaleza específica del fenómeno terrorista? Para la mayoría de los investigadores, la emergencia de terrorismo pone de manifiesto la existencia de un conflicto. Este conflicto posee tres caracteres fundamentales: su médula espinal es de tipo político; responde a un conjunto de variables de extensa consideración y representa un punto crítico que debe analizarse en cada circunstancia particular. Indudablemente, las acciones terroristas poseen conexiones específicas con el contexto social, político e histórico en el que se producen; responden a distintas motivaciones y objetivos de la organización que las implementa, se materializan a través de diversos medios y pueden darse en el ámbito intra-estatal o internacional. No obstante todas ellas pertenecen a una misma categoría y comparten un carácter esencial que determina su naturaleza: el terrorismo configura una estrategia de violencia política. Esto significa que sus actores recurren a la violencia a fin de obtener determinados objetivos en el plano político local, nacional o global. Normalmente dichos objetivos están asociados a una serie de cambios o de transformaciones importantes en el statu-quo. Desde este punto de vista, el terrorismo es una vía operativa a través de la cual los militantes de una organización - o del Estado en el caso del terrorismo de Estado - buscan debilitar, neutralizar o eliminar el poder de sus adversarios y, simultáneamente, incrementar el propio.

De hecho, es absolutamente erróneo interpretar al terrorismo como una forma de violencia irracional o accidental. Por el contrario, el terrorismo configura una estrategia, entendida ésta como un arte o una técnica puesta a disposición de una praxis y sustentada por un marco de ideas o por una determinada doctrina; una estrategia que se apoya en su propia lógica y que posee una dinámica específica que le imprime sentido, coherencia interna y método. Supone el empleo de una serie de instrumentos políticos y militares específicos y requiere de la existencia de un plan operativo, fundado en una serie de principios de carácter general y en un conjunto de determinaciones particulares, estrechamente vinculadas entre sí. En esta estrategia, la violencia desempeña un rol crítico pues es el mecanismo ideal para alcanzar los fines propuestos. A través de ella, el militante dejará de ser un simple crítico y un espectador para convertirse en un factor activo del cambio. Como toda estrategia, el terrorismo tiene sus tácticas. Cinco de ellas son básicas y se emplean en el 95% de las acciones: explosiones, asesinatos, asaltos armados, toma de rehenes y secuestros aéreos.

En las últimas décadas, los terroristas han fortalecido los lazos de colaboración entre los grupos y han adquirido armamento avanzado y portátil, lo cual ha fortalecido sus antiguas capacidades. Sus atentados se llevan a cabo sobre determinados blancos, pero la táctica terrorista no termina allí; por el contrario, este es sólo su inicio. En efecto, para lograr su cometido, el terrorismo requiere - imperiosamente - un público sobre el cual proyectar el efecto de su violencia. Finalmente y según Brian Jenkins, el terrorismo debe ser definido por la calidad de sus acciones: Todas sus acciones emplean la violencia física y psicológica; se combinan con la amenaza de su despliegue; se dirigen contra objetivos indefensos y siempre se planean y se ejecutan para lograr el máximo de publicidad.

En cuanto a su dinámica operativa, la lógica del terrorismo es sencilla, configura un proceso y puede representarse a través de un diagrama que la define como una relación de comunicación. Este diagrama es un triángulo: 1) el terrorista es el sujeto 2) el gobierno o el sistema al que se ataca es el objeto y 3) la víctima es el intermediario. Dentro de este esquema, las acciones deben interpretarse como mensajes, advertencias, castigos o imposiciones que el sujeto descarga contra su enemigo siempre a través del intermediario. Cuando todos los componentes de esta relación se materializan en un acto de violencia extrema, se ha concretado la lógica terrorista. Sin embargo, y desde la perspectiva de sus actores, la estrategia terrorista no es más que una lucha, cuya lógica responde al modelo del tiranicidio o de la resistencia a la opresión; una lucha tan válida y legítima como cualquier otra.

Ahora bien - como quiera que se interprete - esta lógica terrorista es el basamento sobre el que se articula la dinámica de sus acciones; una dinámica fundada en la elusión del enfrentamiento armado y en la tercerización de la agresión. En efecto, el terrorismo evita el combate, sustituyéndolo por un ataque sorpresivo contra un punto vulnerable. Así, los terroristas potencian los efectos del terror a través de dos elementos: la ilusión de ubicuidad que actúa en el nivel temporal, prolongando, indefinidamente, la sensación de peligro e indefensión -.

¿Cuáles son los objetivos concretos de esta dinámica? a) El más importante es propagar el terror, la confusión y la inseguridad en un conjunto de individuos mucho más amplio que el de las víctimas atacadas a fin de debilitar a la comunidad, sumiéndola en una sensación de impotencia y vulnerabilidad que facilitará el logro de sus demandas. b) Realizar una demostración de fuerza que sirva, simultáneamente, a dos propósitos: poner de manifiesto la propia capacidad de la organización para causar daños y evidenciar la vulnerabilidad y la incapacidad del sistema atacado para protegerse o reaccionar frente al ataque. c) Provocar reacciones desmesuradas o excesivas en el agredido a fin de deslegitimar su respuesta o generar sentimientos de animadversión hacia él. Dicho de otro modo, hacer que la víctima recurra a la violencia extrema para invertir el juego de la agresión, induciendo a los espectadores a que se solidaricen con la posición de los terroristas. d) Producir un impacto psicológico y emocional que debilite o desestructure las redes de contención social y ponga en tela de juicio las capacidades morales y materiales del agredido. e) Potenciar el estupor de los espectadores y captar la mayor atención posible de parte de los medios de comunicación social a fin de lograr que la difusión de sus actos sea amplia y duradera. Para ello, los terroristas se esfuerzan por desarrollar su capacidad de innovación a fin de concebir y planificar atentados cada vez más impresionantes.

En una primera aproximación, podría sostenerse que las acciones terroristas no pueden ser examinadas desde una perspectiva geopolítica debido a que dichos enfoques han centrado su atención en las relaciones de poder, dominio o control que ejercen los Estados sobre un espacio geográfico, sus recursos y/o sobre su población. En este sentido, las acciones del terrorismo subversivo no se ajustarían al marco analítico de la Geopolítica debido a dos objeciones fundamentales: las organizaciones que las implementan no son Estados; excepto en los casos de terrorismo revolucionario, sus objetivos nunca han sido formulados para conquistar, dominar o controlar un territorio o una población. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, no sólo es indudable que el accionar terrorista posee una serie de atributos que pueden ser analizados a partir del instrumental teórico de la geopolítica, sino que este enfoque puede ser sumamente útil para clarificar algunas características clave de la violencia terrorista en la actualidad. En otras palabras, se trata de analizar la forma en la que el terrorismo subversivo puede afectar la fortaleza y la legitimidad de un Estado, lo cual implica, de hecho, un cercenamiento de su capacidad política efectiva.

En este sentido, la generación de terror constituye un objetivo instrumental a través del cual, las organizaciones intentan alcanzar sus metas finales, las cuales son sumamente diversas y se ajustan a un determinado sistema ideológico. Estas acciones adquieren su significado más profundo a nivel simbólico y psicológico pues sus réditos más importantes se encuentran en el nivel simbólico y de la representación.

Ahora bien: ¿sería posible interpretar la acción terrorista desde una perspectiva geopolítica? Desde nuestro punto de vista esta lectura puede hacerse en base a la consideración de tres elementos clave; tres elementos que están profundamente relacionados: a) La desestabilización social, producida a partir de la generación de miedo; b) la capacidad para afectar severamente el control de recursos vitales de una sociedad y c) el debilitamiento del poder del Estado como agente garantizador el orden y la seguridad pública.

a) Como sabemos, las acciones terroristas suponen la muerte de civiles inocentes y la destrucción de edificios, medios de transporte, sistemas de comunicaciones, etc. Se producen de manera imprevista y propagan rápidamente el terror entre lo que los especialistas han denominado la “audiencia-blanco”. Normalmente, no pueden ser ni previstas ni neutralizadas por los gobiernos, los cuales deben asumir su vulnerabilidad para intentar superar la crisis. Como ya se ha mencionado, esta dominación timérica constituye una vía sumamente eficaz para trastornar, severamente, el orden social.

b) En segundo lugar, el desencadenamiento de campañas terroristas, puede dar por resultado un novedoso género de control de los recursos. Efectivamente, la extrema dependencia que las sociedades contemporáneas tienen con respecto a la tecnología para satisfacer sus necesidades básicas (agua, transporte, recursos energéticos), es un factor clave que determina una vulnerabilidad estructural difícilmente reversible. Esta cuestión supone que el cambio tecnológico ha suministrado a los terroristas un cúmulo de posibilidades para controlar o manipular los recursos básicos de la vida social.

c) Finalmente, las acciones del terrorismo subversivo se despliegan con un objetivo fundamental: Inhibir, limitar o desacreditar la capacidad del Estado para ejercer sus funciones esenciales; es decir, para controlar o dominar su espacio territorial, resguardar la seguridad de su población y garantizar el abastecimiento de los recursos que ésta necesita. Dichas funciones, son altamente significativas para el análisis geopolítico pues representan los ejes básicos a partir de los cuales puede definirse la fortaleza de un sistema de poder. Desde este punto de vista, el atentado constituye una poderosa herramienta material y psicológica que se emplea para debilitar las capacidades del gobierno atacado, sumiéndolo en una situación de impotencia estructural; una herramienta sumamente funcional para desencadenar una serie de problemas de índole política: lesionar la fortaleza de su autoridad, debilitar la confianza social y comprometer la capacidad efectiva del sistema para responder a los ataques.

Cada mes, a lo largo del pasado año, en todo el mundo se registraron una media de 900 atentados. Eso es lo que cabe deducir de los datos relativos a enero, abril, julio y octubre de 2011, de acuerdo con la información recopilada a partir de fuentes abiertas, para esos cuatro períodos separados entre sí por intervalos trimestrales de tiempo, por Jane’s Terrorism and Insurgency Centre. Esta base de datos, en la que metódicamente se contabilizan los actos de terrorismo, adolece de una insuficiente cobertura de incidentes en países o zonas donde el control estatal o el caos social dificultan información sobre los hechos, por lo que éstos y las víctimas mortales que causan se hallarían infravalorados. Por otra parte, la base de datos incluye ataques políticamente motivados que en sentido estricto no constituirían actos de terrorismo pero que por lo común son llevados a cabo por grupos y organizaciones que sí practican sistemáticamente dicha forma de violencia. En conjunto, sin embargo, se trata de una óptima manera de aproximarse a la distribución geográfica de su realidad. Esta distribución geográfica del fenómeno terrorista no es uniforme, de tal modo que hay áreas del mundo que se encuentran mucho más afectadas por el terrorismo que otras.

Al menos la mitad de los atentados tiene lugar, casi invariablemente de unos meses a otros, en un amplio pero demarcado ámbito geopolítico, localizado en Asia meridional y el Sudeste Asiático, puede afirmarse que hasta nueve de cada 10 de esos atentados están siendo perpetrados en la actualidad, mensualmente, en el escenario que configuran tres definidas regiones geopolíticas del planeta, que adquieren la consideración de tales también en atención a su común afectación por el terrorismo. A saber, se trata del Sur de Asia y Sudeste Asiático por una parte, de Oriente Medio y el Golfo por otra, así como, finalmente, del espacio contiguo que forman África del Norte, Occidental y del Este.

La Geopolítica es una disciplina cuyas preocupaciones se centran en un haz de relaciones entre el espacio y la política, entre el territorio y el individuo. Una disciplina cuyo carácter se define como hermenéutico, en la medida que nos permite comprender e interpretar los procesos y las vicisitudes de nuestra época; una época sujeta a una nueva lógica: la de la globalización. En efecto, vivimos en un mundo distinto; en un mundo marcado por caracteres particulares y problemas específicos. Uno de ellos es el terrorismo: una amenaza que se ha expresado en términos globales y que - aparentemente - se mantendrá vigente en el corto y el mediano plazo. Una amenaza que ha banalizado el recurso a la violencia como medio de expresión.