viernes, 23 de septiembre de 2011

NO OLVIDEN A TOMANIA ¡TODO LO QUE SUBE….BAJA!

"Creo en la libertad, esa es mi política, los dictadores actuales
son fantoches manejados por los industriales y los financieros"
Charles Chaplin



El gran dictador es la primera película hablada de Charles Chaplin, y el film con qué este actor y director se adentra en los terrenos realistas y dramáticos que caracterizarán buena parte de su obra posterior, Chaplin se enfrenta en esta ocasión a uno de los temas más dramáticos y preocupantes de la época, el auge de los regímenes totalitarios y la expansión del fascismo a Europa.
Y lo hace desde una postura carente del más mínimo rastro de ambigüedad, con convicción y contundencia, una actitud que le provocaría muchos problemas, puesto que los Estados Unidos mantenían en aquel momento una posición neutral respeto al conflicto . Pese a las coincidencias que se establecen entre la película y el desarrollo de los acontecimientos históricos que tuvieron lugar de manera casi paralela (la invasión de Ostelrich por parte del ejército de Tomania y la invasión alemana de Polonia, por ejemplo), el origen de film se remonta al año 1938. Chaplin, que estudió el dictador alemán Adolf Hitler durante cerca de dos años, definió el proyecto como un cóctel de drama, comedia y tragedia que retrataba la silueta grotesca y siniestra de un hombre que se cree un superhéroe y que piensa que sólo tienen valor su opinión y su palabra. El cineasta, de hecho, utiliza la figura de Hitler para realizar una brillante parodia de todas y cada una de las ideas políticas, culturales, sociales y económicas del nazismo, des la superioridad de la raza germánica hasta la sumisión incondicional del individuo a la comunidad, pasando por el antimarxismo y el antisemitismo.

Adenoid Hynkel, el dictador de Tomania, es presentado como un hombre egoísta, infantil, inseguro, incapaz de tomar decisiones de ninguna clase y todavía menos de gobernar un país: la bola del mundo con la que juega en una de las escenas más memorables del film, que acaba explotando, física y simbólicamente, en sus manos. Pero Hitler no es el único personaje de carne y hueso que inspiró a Chaplin: el dictador de Bacteria, Benzino Napoloni, está inspirado en el dictador fascista italiano Benito Mussolini. Garbitsch (del inglés garbage: basura), secretario del interior y ministro de propaganda de Hynkel, está inspirado en Joseph Paul Goebbels (1897-1945), ministro de educación popular y propaganda del gobierno nazi, y el Mariscal Herring evoca al Mariscal Hermann Wilhelm Göring (1893-1946), responsable de las fuerzas aéreas y uno de los máximos dirigentes de la Gestapo, los servicios secretos alemanes. La cruz gamada de los nazis, al mismo tiempo, aparece transformada en una doble cruz aprovechando un juego de palabras anglosajón que implica la idea de estafar.

Y es que hablar de legitimidad en regímenes autoritarios, dadas sus características, carece, pues, de sentido, sobre todo a nivel empírico. El problema debería abordarse apelando a la rational compliance o conformidad racional de los actores políticos, adoptando, de este modo, un enfoque racional centrado en dichos actores. Esto es, las consideraciones acerca de si derrocar a un dictador o no se basarían, así, en el cálculo de los beneficios y costes esperados por parte de los potenciales grupos implicados. La intuición del argumento es la siguiente: primero, las capacidades relativas de los actores o grupos de derrocar al dictador son cualitativamente desiguales; segundo, y los costes a ella asociados, los bienes que el dictador deberá proveer a cada uno diferirán en su volumen y naturaleza. Desde esta perspectiva la distribución de bienes a los diversos grupos sociales deviene fundamental en la teoría sobre la supervivencia de los dictadores. Con el objetivo de frustrar cualquier intento de derrocamiento, los dirigentes autoritarios recurren a la cooptación —compra de lealtades— y a la represión como instrumentos básicos.

Centrándonos en el caso de las dictaduras, tres actores son los que pueden intentar derrocar al dictador: los miembros de la coalición de poder —mediante sucesiones o golpes palaciegos—, los militares —mediante golpes militares—, y los ciudadanos —mediante revoluciones o protestas—.

El principal riesgo para los dictadores proviene de su propia elite de apoyo. Ciertamente, algunos sectores son claves en su apoyo al Dictador. Bueno de Mesquita et al. (2003) se refieren a ellos como la winning coalition, Gallego y Pitchik (1999), en su modelo, se refieren a ellos como kingmakers. Este grupo sería la coalición clave cuyo apoyo permite al gobernante conservar el poder tras observar los beneficios de dicho apoyo. El azúcar, los cocos, los cereales, entre otros, de Filipinas se convirtieron todos en monopolios en manos de familiares y colaboradores para su enriquecimiento personal bajo el gobierno de Ferdinand Marcos (Thompson, 1998; Kang, 2002). Los recursos minerales y petrolíferos son otra fuente excepcional de rentas. Los ingresos del petróleo convierten al estado en una máquina distribuidora cuyo único cometido es decidir a qué grupos o sectores beneficiar (Smith, 2004). Por ejemplo, Kuwait y Qatar han sido gobernados por las mismas dinastías desde los siglos XVIII y XIX respectivamente. Cuando la oposición potencial es más poderosa, y el nivel de industrialización dificulta la concesión de monopolios y licencias, los dictadores recurren a otras estrategias de cooptación, el sistema de partido único, no sólo se distribuyen privilegios y beneficios materiales y/o políticos, en Egipto, por ejemplo, la emergencia de una nueva elite empresarial en los años noventa puso en jaque al partido de Mubarak, el Partido Democrático Nacional. Este nuevo grupo propuso crear su propio partido, el Partido del Futuro, para competir con el oficial PDN. El nuevo partido, no obstante, jamás vio la luz. La elite tradicional del PDN logró acomodar al nuevo grupo, liderado por el propio hijo de Mubarak, Gamal (Brownlee, 2004b).

Los ciudadanos ordinarios no disponen, en general, de acceso a los bienes privados. Por ello, establecemos como hipótesis que una de las variables básicas que explican la probabilidad de una intervención popular es la tasa de crecimiento de la renta per cápita. Similarmente, como fuente de rentas, la ayuda extranjera y los préstamos exteriores en manos del régimen vigente constituyen una fuente de recursos (sin incurrir en ningún tipo de coste) que ayudan a aliviar conflictos distributivos. Por ejemplo, a lo largo de los años, la dinastía Hashemita de Jordania ha recibido fondos de Gran Bretaña, de los países árabes y de los Estados Unidos. De 1973 a 1988, la ayuda externa representó en promedio el 43% del presupuesto público jordano (Moore, 2004). En Zambia, dicha ayuda equivalía al 32,7% del PIN en 1993 (Bratton y Van de Walle, 1997). Como resultado, y gracias a estos fondos, los dictadores pueden distribuir bienes públicos usando fondos ajenos, sin representar un coste para las propias arcas. Una mala situación económica puede ser una condición necesaria pero no suficiente para la aparición de disturbios.

Aunque, en general, los militares pueden ser considerados como parte de la elite, representan un grupo que merece una atención especial. Como se ha remarcado, los militares disponen de los medios para tomar el poder, dado que controlan las armas y están entrenados para usarlas. Esto puede ser, no obstante, una condición necesaria pero no suficiente para su intervención. Como Luttwak (1969), Finer (1976 [1962]), Nordlinger (1977) y Brooker (2000) apuntan, deben darse unas precondiciones y los incentivos adecuados para que se tome la decisión, las intervenciones militares se explican, los cambios de liderazgo impulsados desde el ejército son una función del grado de dependencia exterior debido a la exportación de recursos minerales, el grado de cohesión social, y el número de golpes o cambios ocurridos anteriormente.

Para Michel Chossudovsky: en su artículo "Los dictadores no dictan, obedecen órdenes”, se pregunta ¿Cuáles son las perspectivas para Egipto y el Mundo Árabe? Los “dictadores” no dictan, obedecen órdenes. Estos es cierto en Egipto, Siria, Libia, Túnez y Argelia. “Los dictadores son, invariablemente, marionetas políticas. Los dictadores no deciden. El expresidente Hosni Mubarak era un fiel sirviente de los intereses económicos occidentales lo mismo que Ben Ali. Y el gobierno nacional era el objetivo del movimiento de protesta, pero el objetivo real debía ser el derribar a la marioneta en lugar de al titiritero. Y es que las potencias extranjeras que operan entre bastidores están protegidas del movimiento de protesta. Y es que ningún cambio político significativo ocurrirá a no ser que la injerencia extranjera sea puesta de manifiesto claramente por el movimiento de protesta”.

Y ahora le vemos postrado en una camilla, el expresidente egipcio Hosni Mubarak compareciendo frente al tribunal local encargado de juzgar la violenta represión y los asesinatos perpetrados por el Ejército durante los actos de protesta de febrero en Egipto que dieron como resultado la caída del régimen. Hace poco, el procesamiento judicial de un exmandatario era un acontecimiento excepcional. Durante décadas, los máximos responsables de multitud de crímenes y genocidios se han salvado porque morían en el cargo (Franco), porque abandonaban el país (el Sha de Persia) o gracias a una amnistía de su sucesor (como sucedió en algunas dictaduras en Latinoamérica).

Pero desde los años 90 las cosas empezaron a cambiar. La caída de los regímenes comunistas en Europa y la llegada de la democracia a los países latinoamericanos presumieron un cambio de mentalidad en la comunidad internacional. Los dictadores ya no podían librarse impunemente de sus responsabilidades. El caso del egipcio Hosni Mubarak es un ejemplo de cómo han cambiado las cosas. Es el primer dictador árabe que se sienta ante un tribunal y abre las puertas a lo que pueda suceder con otros tiranos en el futuro.

Algo parecido le ha ocurrido al exmandatario tunecino Zine al-Abdine Ben Ali, que se ha convertido en el primer dictador encausado tras las revueltas de la “primavera árabe”. Tanto él como su esposa han sido procesados en su propio país y condenados a penas de 35 años de cárcel y a una multa de 37 millones de euros tras ser declarados culpables de robo y posesión de armas, joyas y grandes sumas de dinero. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: lo han sido en rebeldía. Por ahora disfrutan de su exilio en Arabia Saudí y las cárceles de su país les quedan muy lejos.

El del exmandatario iraquí Saddam Hussein quizás sea el caso más recordado. "Es muy importante que se den unas condiciones domésticas y una política nacional estables antes de juzgar a un mandatario en su propio país", indica Richard Youngs, director de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo (FRIDE). En este sentido, el episodio iraquí "ha sido el más dramático, porque es obvio que el modo en el que se hizo no ha ayudado a mejorar la estabilidad del país, uno de sus principales problemas", apunta Youngs. Tras someterse al veredicto del Alto Tribunal Penal iraquí, Sadam fue ahorcado a primera hora de la mañana el 30 de diciembre de 2006 por el asesinato de 148 hombres y niños chiíes. Tal y como indica Youngs, "suele producirse una contradicción entre los estándares internacionales y el deseo de satisfacer las costumbres de la sociedad del país".

Más alejados en el tiempo, los casos de los dictadores argentinos son otro ejemplo. Jorge Rafael Videla, Leopoldo Fortunato Galtieri y Reynaldo Bignone, integrantes de la Junta Militar de Gobierno (que se desarrolló de 1976 a 1983), fueron juzgados en su Argentina natal. El exgeneral Videla, de 85 años, cumple cadena perpetua por el asesinato de 31 presos en una cárcel de Córdoba. Aunque el presidente argentino Carlos Menem le otorgó el indulto en 1990, la Corte Suprema lo declaró inconstitucional y Videla fue finalmente sentenciado a pasar el resto de su vida en la cárcel en diciembre del año pasado. También en 2010, Reynaldo Bignone, el último presidente de la dictadura militar, conoció su futuro: 25 años de prisión por delitos de lesa humanidad perpetrados en un centro clandestino de detención. Galtieri, antiguo general y presidente del país, fue condenado en 1986 a 14 años de prisión por su responsabilidad en la guerra de las Malvinas.

Sin salir de Latinoamérica, en Bolivia, el general golpista que gobernó el país entre 1980 y 1981, García Meza, permaneció prófugo de la justicia hasta que fue extraditado de Brasil a su país en 1995 y condenado a 30 años de cárcel por los asesinatos cometidos durante el golpe de Estado.

La caída del muro de Berlín en 1989 abrió la puerta a la petición de cuentas de los dictadores comunistas del Este de Europa. Erich Honecker abandonó 18 años de liderazgo al frente de la República Democrática Alemana acusado de ser el responsable de la muerte de 192 personas que trataron de cruzar el Muro de Berlín y de torturar y matar a miles de disidentes por Alta Traición. Aunque estuvo encarcelado en 1992 y 1993, abandonó la prisión por motivos de salud y voló a Chile para morir un año después.

Aunque quizá el caso más recordado sea el del exdictador rumano Nicolae Ceaucescu junto a su esposa Elena. El matrimonio fue ametrallado en un paredón frente a un grupo de soldados y una cámara de vídeo tras la celebración de un escueto juicio sumarísimo llevado a cabo por un tribunal militar que le condenó por delitos de genocidio, demolición del Estado y destrucción de la economía nacional, entre otros.

Una nueva personalidad podría pasar a engrosar este listado, ya que Francia ha anunciado esta mañana la firma de un decreto de extradición a Panamá para el exdictador Manuel Antonio Noriega (1983-89), que tiene en su país cinco condenas pendientes.

Y es que durante 1946-2011, el mundo ha tenido que soportar a unos 520 gobiernos dictatoriales , de los cuales 279 eran civiles, 200 militares y 41 monárquicos.

Recordemos este texto: “Cualquier similitud entre Hynkel y el barbero judío es simple coincidencia. Esta es la historia de un período entre las dos guerras mundiales donde la locura se desenfrena, la libertad desaparece y la humanidad es desconocida”, podemos deducir que el que sea un mismo actor el que presente los dos personajes puede significar que el ser humano es igual más allá de las diferencias que pueden existir de los ropajes e ideologías ¿qué hace al barbero diferente de Hynkel? El carácter y nada más, la ropa es un accesorio, y más adelante esto se pondrá de manifiesto al confundirse ambos personajes.