jueves, 25 de agosto de 2011

¿ESTADOS UNIDOS EN QUIEBRA?

¡Lo que faltaba!, ahora nos dicen que también Estados Unidos puede entrar en suspensión de pagos. La agencia Moody’s, que anda por ahí enterrando países mediterráneos, amenaza con rebajar la calidad de la deuda de Estados Unidos, aunque ha precisado que la bajará un grado, no como hace con Irlanda, Portugal o Grecia, cuya deuda la degrada a saltos de tres o cuatro escalones.

La cadena de sucesos es elocuente: tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en la potencia económica dominante con la clara ventaja del uso de su propia moneda en el comercio mundial, ventaja que se hizo absoluta tras la decisión del 15 de agosto de 1971. Pero fue una ventaja de la cual se abusó y que hoy lo tiene al borde de la quiebra. El fin de los acuerdos de Breton Woods que obligaba a los equilibrios estructurales de balanza de pagos, trajo consigo el inicio de los desequilibrios estructurales, que fueron camuflados inicialmente por el acceso al crédito que facilitó Washington. Estados Unidos se embarcó en una expansión a gran escala del crédito, y a medida que la economía destruía puestos de trabajo en la industria, el sector financiero permitía un acceso al crédito que camuflaba el estancamiento y estimulaba las importaciones procedentes de Asia lo que hundía aún más a la industria estadounidense. No es casual que en términos reales los trabajadores estadounidenses no han tenido ningún aumento real de sus ingresos desde 1970. Pero la expansión del crédito ha terminado y en su lugar hay contracción de crédito y falta de liquidez. Ahora los desequilibrios estructurales y el desempleo masivo adquieren mayor relevancia cada día que pasa. ¿Qué se puede hacer para aumentar el empleo y potenciar la demanda que de un impulso a la reactivación económica? Esta respuesta nadie la quiere enfrentar porque la corrección de estos desequilibrios requiere revertir el propio proceso de la globalización y re-industrializar aquello que fue destruido. Solo la creación de empleo puede detener la crisis y esto implicará necesariamente reinventar gran parte del proceso de la globalización.

Y ahora esto, al mejor estilo de las películas de Román Polansky, Dominique Strauss-Kahn fue detenido en Nueva York y obligado a descender del avión que lo trasladaba a Berlín donde tranquilizaría a Angela Merkel de que el próximo rescate a Grecia tendría un bajo costo para Alemania, y que el euro se mantendría firme y robusto dado que es el dólar el que vive una crisis terminal. Sin embargo, por ser acusado de violar y golpear a una camarera del hotel donde se hospedaba, Strauss-Kahn no pudo llegar a la cita con la Canciller germana y pasó de ocupar una habitación de 3.000 dólares la noche en un hotel de Manhattan, a pernoctar en una fría celda en el corazón de Harlem donde llegan todos los acusados de delitos sexuales. ¿Qué hacía Strauss-Kahn en Nueva York, si la sede del FMI está en Washington? Es una pregunta que hasta el momento nadie se ha interesado en responder, porque se desconocen los planes y las reuniones secretas entre la Reserva Federal de Nueva York y el director del FMI para el reciclaje de la deuda de Estados Unidos, que alcanzó su techo de 14,3 billones de dólares. El tratamiento especial que debería tener esta deuda, de acuerdo al diseño de Dominique Strauss-Kahn, obligaba a Estados Unidos a desplegar un alto esfuerzo y desprenderse de su rol hegemónico en el sistema financiero internacional. Strauss-Kahn tenía claro que el dólar es el problema que dificulta la recuperación económica mundial, y que es una divisa en vías de la extinción producto del excesivo endeudamiento de la primera economía del planeta.

Los 3,6 billones de dólares añadidos a la deuda nacional de Estados Unidos desde fines de 2008, es más del doble del valor de mercado de toda la fabricación del sector privado en el año 2009 (1,56 billón dólares), más de tres veces el valor de mercado de los gastos en profesionales, científicos y servicios técnicos de ese año (1,1 billón de dólares), y casi cinco veces el monto gastado en bienes no duraderos (722 mil millones dólares). Sólo los intereses pagados sobre la deuda federal en los primeros seis meses del último ejercicio (octubre 2010-abril 2011), llegan a 245 mil millones dólares, cifra que equivale a más del 40% del valor total de mercado de todo el gasto del sector privado de la construcción en 2009 (578.000 millones de dólares). A esta pesadilla de una deuda descontrolada, Estados Unidos agrega la de ser el mayor consumidor de petróleo del mundo, y con el crudo a un valor de 95$/barril, su gasto se eleva a 600.000 millones de dólares anuales que sólo puede sostener cancelando con los dólares que imprime .

En realidad, es casi imposible que se produzca esa suspensión de pagos. El problema de Estados Unidos no es un problema económico, sino además político, para Barack Obama “Un acuerdo requerirá que tanto demócratas como republicanos cedan un poco en lo que han sido sus principios intocables, desde los impuestos a los programas sociales”, explicó Obama. “Pero lo que yo no puedo aceptar y no aceptaré es un acuerdo en el que cedamos todo y obtengamos nada”, añadió el presidente. No es que falte dinero, es que falta la firma en el cheque. El Congreso de Estados Unidos aprueba todos los años un techo de gasto. El Gobierno no puede gastar más que eso, salvo que el Congreso le autorice créditos extraordinarios. Pues bien, este año ya se ha llegado al techo de gasto. A partir del 2 de agosto, el Tesoro americano ya no podrá pagar más, salvo que le permitan emitir nueva deuda, y en ese sentido sí se podrá hablar de una suspensión de pagos, que traería consecuencias catastróficas para todo el sistema financiero internacional. Todo depende de que demócratas y republicanos alcancen un acuerdo sobre la Ley de Reducción del Déficit. Los demócratas quieren reducir ese déficit recaudando más, o sea, subiendo los impuestos a los ricos; los republicanos quieren reducirlo gastando menos, es decir, bajando las prestaciones sociales y que a los ricos les dejen en paz. Al final, es lo de siempre: quién paga la factura del desastre que pusieron en marcha en Wall Street en 2008.

De ahí la importancia estratégica de los petrodólares, pues si se acaban, la bancarrota para Estados Unidos llegará mucho antes. Strauss-Kahn trabajó en la desmonetización selectiva del dólar de Estados Unidos y su objetivo buscaba hacer del dólar una moneda para uso interno en Estados Unidos, dejado la nueva moneda de reserva a un tipo de cambio muy favorable para el dólar interno, pero gravando a los tenedores externos de dólares. De esta forma se depreciarían las deudas en dólares, favoreciendo las deudas en dólares de los ciudadanos y las corporaciones estadounidenses. La inflación derivada de esto ayudaría a enmascarar la amortización de la deuda, y el tiempo haría el resto. El costo para Estados Unidos sería el “compartir” la hegemonía monetaria con otras divisas.

Desde diciembre de 2009, Strauss-Kahn hizo públicas sus iniciativas de dinero nuevo. Para abril de 2010 tenía desarrollados los Derechos Especiales de Giro (DEG) por valor de 100.000 millones de dólares, una propuesta que, sin embargo, era rechazada por los países con superávit como China e India, y los países petroleros. Se piensa que el plan estaba listo para ser presentado durante este mes, aprovechando el nuevo rescate a Grecia. Pero todo esto ya es parte del pasado. Su detención no sólo hunde la idea de la desdolarización del mundo, sino que también apunta a la desacreditación total del FMI, justo en los momentos en que comenzaba a gozar de amplio reconocimiento en virtud a sus nuevas políticas, como lo ejemplifica el artículo de Joseph Stiglitz: “El viraje a tiempo del FMI”.

A medida que la gran crisis inicia su segunda fase la situación económica en Occidente es cada vez más precaria. Esto concuerda perfectamente con nuestras afirmaciones anteriores respecto a la existencia de un proceso acelerado de quiebra de Occidente. Los datos en esos momentos fueron, entre otras, el desplazamiento de los Estados Unidos como primer consumidor mundial de energía y la estampida de sus principales socios (Unión Europea, Japón, entre otros) hacia el mercado chino. Los últimos datos que se manejan corroboran esta situación. No hay duda. Aquí son muy importantes las últimas directivas de China referentes a su sistema monetario: el inicio de la internacionalización del yuan en el mismo corazón de los EEUU. Allí, el Banco de China, se dice uno de los cuatro mayores bancos de este país, ha abierto para sus clientes la posibilidad de comprar yuanes. Esto, de por sí, es una muestra de la extrema debilidad de Occidente frente a Oriente.

Pero expliquémonos esto de forma más calmada:La salud de la economía de EEUU se encuentra afectada por tres factores muy negativos, que son: una Deuda Pública que supera el 94% del PIB un mercado laboral incapaz de absorber las nuevas demandas de empleo, como lo demuestra el hecho de que la tasa de paro ha crecido casi el doble, ya que en el cuarto trimestre de 2007 se situaba en el 4,6% y en el mismo periodo del 2010 se sitúa en el 9,2% una falta de competitividad frente a los mercados emergentes en multitud de productos, lo que le impide aumentar sus ventas en el mercado interior y exterior. Así pues, parece que una disminución del gasto público que no afecte negativamente a la economía, es necesario, igual de urgente es la adopción de medidas activadoras de la economía que permitan que el mercado laboral absorba las nuevas demandas de empleo. Por último es preciso establecer estrategias que permitan contrarrestar la gran competitividad de los países emergentes como consecuencia de sus menores costes. Pensar que resolver los problemas del sistema financiero es la solución de todos los males, es un grave error.

A veces pienso que lo único malo del famoso libro de Paul Kennedy: “Auge y caída de las grandes potencias” es que se publicó un cuarto de siglo antes de tiempo y se equivocó de potencia emergente. El libro apareció en 1987, poco antes de que cayera la Unión Soviética y Japón entrase en una década de estancamiento, y los estadounidenses más seguros de sí mismos dijeron que era demasiado alarmista. Pero imagínense que se hubiera publicado este año y se hubiera centrado en China como potencia emergente. Estados Unidos sufre en ciertos aspectos el lastre de haber querido abarcar demasiado desde el punto de vista estratégico, tal como describía Kennedy. Se calcula que el coste que han supuesto para EEUU las guerras en Irak y Afganistán y otras operaciones posteriores al 11-S es casi el cuádruple del que representó la II Guerra Mundial, en dólares actuales. Pero la década de lucha armada en todo el mundo -en la que, al principio, Estados Unidos entró obligado por Osama bin Laden, pero que luego se prolongó con una guerra por elección en Irak- ha devorado un porcentaje mucho mayor del tiempo, la atención y la energía de los norteamericanos. Incluso cuando Washington pretende dejar un conflicto en manos de otros -como en Libia- siempre acaba viéndose arrastrado a él, en calidad de prestamista militar de último recurso, por así decir.

Además del esfuerzo estratégico, Estados Unidos también ha excedido sus recursos en materia de prestaciones sociales. En este sentido, las diferencias entre Europa y Estados Unidos son mucho menores de lo que la mayoría de la gente, a ambos lados del Atlántico, piensa. Son más distintas las imágenes que tenemos de nosotros mismos que nuestras realidades. Según Peter Orszag, exdirector de la Oficina de Gestión y Presupuestos de la Casa Blanca, “en 2015, Medicare, Medicaid y la Seguridad Social representarán casi la mitad del gasto público en Estados Unidos. La otra mitad serán sobre todo los pagos de intereses sobre la deuda creciente del país y el gasto discrecional, la mitad de este último destinado a defensa”. En algunos Estados concretos, como California, el panorama fiscal es aún más desalentador.

Por tanto, es necesario recortar el gasto público, pero las propias infraestructuras del país están muy abandonadas, hay cuestiones mucho más graves, como las carencias en enseñanza primaria y secundaria, lo que los estadounidenses llaman K-12 (del jardín de infancia al fin del bachillerato). En lugar de encabezar las clasificaciones del programa de evaluación internacional de estudiantes de la OCDE (PISA), Estados Unidos ocupa un lugar intermedio en la lista. Sus universidades son las únicas que siguen siendo las mejores del mundo.

Para abordar esta acumulación de problemas profundos y estructurales, Estados Unidos necesita una actuación política decisiva, por encima de las diferencias partidistas. En eso están de acuerdo la mayoría de los ciudadanos. Es lo que prometió Obama en aquel breve e inolvidable amanecer de 2008-2009. Es lo que hasta ahora no ha cumplido, en parte por sus propios fallos, pero sobre todo porque haría falta una especie de Superman -un Gorbachov norteamericano inflado de esteroides- para abrirse camino por la polarización política del país y el bloqueo de su sistema político. Ocurre tanto en Washington, donde la cruz del problema está en el obstáculo que representa la abrumadora mayoría absoluta en el Senado, como en muchos Estados. El magnífico marco constitucional de controles y equilibrios, pensado para impedir el regreso de la tiranía británica, se ha atrofiado hasta convertirse en un sistema que hace que la reforma sea casi más difícil que la revolución.

Tampoco esto es nuevo en la historia, con el tiempo, las superpotencias adquieren rasgos disfuncionales que pueden permitirse mientras están en plenitud de riqueza y poder, como ocurre con un superatleta capaz de superar defectos de técnica. Cuando la fuerza desaparece, de pronto, es necesaria la técnica; pero entonces puede ser demasiado tarde para recuperarla. Y junto a la técnica, es muy importante la confianza en uno mismo. Pero hasta el viejo optimismo estadounidense está hoy de capa caída. Ni siquiera quienes con más fuerza proclaman el excepcionalismo norteamericano pueden evitar una nota de pesimismo cultural. “Me rompe el corazón”, dice Glenn Beck, “ver cómo esta nación está yéndose al traste”.

Por supuesto que hay otros países que están peor. La nueva Roma no es aún la nueva Grecia. Pero tal vez en lo que rivalizan hoy la Unión Europea y Estados Unidos es en decadencia. Estados Unidos está aún un poco mejor, pero el año pasado oí decir a un senador, republicano, no demócrata: “Este país va a convertirse en Grecia, solo que no tenemos una Unión Europea que nos rescate”.

El hecho de que los estadounidenses se hayan despertado y sean conscientes del agujero en el que están es un signo de esperanza. Lo malo es que no logran ponerse de acuerdo en cómo salir de él.

De quebrar Estados Unidos, muchas otras potencias se verían afectadas. Por eso los economistas recomiendan a los gobiernos de los países pobres reducir sus burocracias y fomentar el uso de energías alternativas. Ya que la actual Crisis Económica Mundial está muy ligada a la dependencia económica del petróleo, ocasionando el alza de los alimentos.