martes, 30 de abril de 2013

REFLEXIONES SOBRE MI PAÍS


"Hombre soy y nada de lo que es humano me es ajeno". 
Publio Terencio – Siglo II a. C.


Más que reflexiones, lo que llena mi mente son dudas o interrogantes sobre ¿quién manda?, ¿como manda? y ¿para que manda en Venezuela?, por ello recuerdo a Descartes quien intenta construir un sistema filosófico que resuelva esa incertidumbre generalizada, encontrando en la razón humana la roca firme sobre la que construir un sistema de conocimiento que resista el ataque de la duda, una filosofía en la que el error no tenga cabida, observando la situación política puedo definir que al modelo político actual como una democracia rara, compruebo cómo el sistema político se basa en tener más libertad, en cuanto a posibilidades legales, pero los ciudadanos cada vez son menos libres, pues la construcción social de la opinión pública controla la conciencia de los individuos. 
Si bien se define que el objetivo más amplio de la política: hacer el bien común. Hacer política, en última instancia, es la forma en que una persona se enfrenta a la sociedad, y participa en ella con sus acciones, pero fundamentalmente, con sus ideas. Platón, uno de los más grandes pensadores de la humanidad nos dejó al respecto esta pequeña perla: “un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada como hombre”. Un hombre que no participa, con sus ideas o su acción directa en la sociedad, es decir, no hace política, tiene muy poco valor. El hombre es un ser social, que convive con otros seres humanos y comparte con ellos espacio y actividades. Pero también comparte ideas y esto, lisa y llanamente es hacer política. 
Aristóteles, el otro gran filósofo de la Grecia Antigua, completó la frase anterior de Platón: “el hombre es un animal político”, decía para expresar el alto valor que le daba a la política, al convertirla en un signo de identidad del hombre. Hasta la Real Academia de la Lengua, que no siempre es totalmente realista con sus definiciones, asevera que es la “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.”
Nos guste o no nos guste, con nuestro pensamiento y nuestra obra, hacemos política todos los días, a cada momento. Aquellos que se definen como apolíticos o que recurren a la muletilla del yo no hago política, están totalmente equivocados; componen esa masa silenciosa que con su silencio apoyan esta situación.
Son muchos que caen en un error muy cotidiano: el confundir la política, como actividad humana, con el partidismo político, la forma estructurada que tienen las personas para expresarse conjuntamente con aquellos que comparte su pensamiento. Se puede no estar de acuerdo con la forma que un partido político elabora sus ideas o su manera de actuar, pero no podemos por ello dejar, con nuestro silencio, que ellos o sus adversarios ocupen el lugar que corresponde a todos y se crean con derecho a manipular a los ciudadanos a su antojo.
La aparición de movimientos ciudadanos que no quieren que su pensamiento y su acción se identifiquen y manipulen por parte de las instituciones políticas ha creado ciertas expectativas en el conjunto de la sociedad pero, les guste o no a sus participantes, están haciendo política y deben ser muy conscientes de ello y es necesario reivindicar esa situación. 
Precisamente, una de las bases sobre la que se ha sentando en el devenir de nuestra historia política ha sido en la ignorancia del pueblo. Quieren un pueblo ignorante y manso, que no sepa nada y no se enfrente a sus planteos, en definitiva, que no hagan política. No es raro escuchar a los dirigentes políticos que califican de politizadas a las masas que salen a la calle a protestar y siempre les atribuyen la paternidad de dichas movilizaciones a los opositores políticos. Y tienen razón, las personas salen a la calle a ejercer su derecho de hacer política, que está por encima de todos los partidos y de todas las ideologías institucionalizadas.
Quedarse callado y no participar, de un lado o de otro, es renunciar a nuestros derechos pero, por encima de todo ello, es no ejercer nuestra propia identidad como personas, nuestro derecho a ser como decía Aristóteles unos animales políticos, que quieren y deben buscar, el bien común.
Y es que la política es parte de la vida. Nadie puede vivir al margen de una sociedad política. El hecho de que los seres humanos deban convivir produce de por sí la necesidad de autogobernarse, de establecer normas, de resolver conflictos, de administrar los bienes comunes y de auto defenderse de la agresión de otros, de cualquier índole que ésta sea. Así es como surge necesariamente la sociedad política. Solamente un eremita puede quedar al margen de ella.
Sin embargo, el concepto de "política" ha sido metamorfoseado y corrompido al extremo en la actualidad, en las sociedades estructuradas en base a la representación de los partidos políticos, hoy en retroceso. Si miramos la historia, de cualquier pueblo, de cualquier época, encontramos que en general la política ha estado asociada a la protección del beneficio de unos pocos. 
El fundamento de un sistema político más justo requiere, entonces, de cambios profundos como la concepción de una base material que no sea el único factor determinante de la sociedad aunque resulte estrictamente necesaria para su desarrollo.
La sociedad opresora de hoy es extremadamente materialista y evalúa las relaciones sociales estrictamente en a las clases sociales. 
La sociedad humana puede ser comparada con el cuerpo de una persona. Este está constituido por órganos fijos, como el corazón, el hígado, y el estómago, órganos que están en continuo funcionamiento, sin por ello cambiar su estructura. Del mismo modo que el cuerpo humano se enferma, la sociedad degenera en la opresión en beneficio de unos pocos y detrimento de la mayoría, corrompiéndose todos sus órganos.
Existe un principio que no se tiene habitualmente presente: el hecho de que ningún líder por su cuenta puede salvar a un pueblo. La falsa idea salvacionista o mesiánica, constituye una fantasía que ha creado el mundo moderno y que resulta improbable en todos los casos ya que nadie puede salvar a un pueblo entero por más esfuerzos que haga ya que resulta incluso difícil salvarse a sí mismo. La salvación de toda una comunidad de personas es menos factible aún si se trata de un pueblo subyugado por falsarios que con doctrinas filosóficas, religiosas, políticas o de cualquier otra índole que nos imaginemos, intentan atraer a la gente hacia ilusiones diversas que esconden fines egoístas y sectarios.
Entre los políticos específicamente, se encuentran muchos de los grandes mentirosos e hipócritas de nuestra época, principales forjadores de falsas doctrinas con las que engañan a la gente.
Una sociedad saludable debería reconocer que uno de los principales crímenes consiste en obedecer a un gobernante corrupto, maligno, opresor, aquellos dirigentes que responden a intereses de otros que no son los que se hallan bajo su gobierno. Esto no equivale, sin embargo, a levantarse en armas contra él mientras no sea necesario, aunque una medida de estas características se justifica en caso de extrema necesidad ya que a lo largo de la historia las comunidades más justas han reconocido como legítimo el derecho de rebelarse contra el opresor que llega a los límites aberrantes de abuso de poder.
En toda sociedad política el uso de la mentira es un medio al que apelan los falsos dirigentes para eliminar a sus adversarios y acceder al poder, siendo los más frecuente que los adversarios procedan a su turno de la misma manera.
Lo contradictorio es que el falso dirigente espiritual, o social, o económico, o comunitario, o familiar, que apela a la mentira para alcanzar poder, va incluso en contra de sí mismo, pues en principio la mentira no puede servir para fundar ningún derecho. Es decir, ese poder que quiere ejercer el falsario es falso también, y él será indefectiblemente combatido con la misma arma, la mentira. Así se corrompe y confunde el verdadero bien de una sociedad, o de una comunidad, o de una familia.
El gobierno de una comunidad no consiste exclusivamente en mantener la paz y la seguridad, sino que es antes que nada un magisterio. El gobierno no es un mero poder político, donde los gobernantes son simples administradores de las arcas públicas, como sucede hoy, sino antes que nada deben ser maestros de sus pueblos. El sentido de la conducción pública, del gobierno de la gente, es que el gobernante debe ser un modelo de los que lo siguen, aparte de la seguridad y de la paz que se deben garantizar a la gente. Esto significa, entre otras cosas, que el gobernante debe mantener la paz y la seguridad públicas, respetando la propiedad de cada cual, porque no es dueño de la propiedad de los individuos. Pero aparte de la paz y la seguridad está la justicia, que el gobernante debe implantar lo máximo que pueda.
Este es un mundo de pruebas, no de perfecciones. Es imposible que individuos imperfectos produzcan una sociedad perfecta. Tal es un viejo axioma universal, que vale tanto para la sociedad civil o política como para una sociedad comercial, o bien el matrimonio. Es imposible que una sociedad comercial constituida por estafadores no sea una sociedad estafadora.
El poder no es solamente una parte de la vida social, no es sólo «el poder ejecutivo», la máxima autoridad. El poder está en todos lados, en cada uno de los miembros de una sociedad. Por eso se debe tener bien en claro qué significa el poder y cuál es su ejercicio más adecuado. Devolvérselo a la gente es devolverle su libertad verdadera. Los buenos gobernantes deben restituir la libertad a la gente, el poder a cada uno, porque los opresores se lo han usurpado. Poco importa que éstos hablen de «democracia» o de «libertad» si en realidad han robado el poder de la gente.
Los opresores se apoderan de las tres bases principales del poder: la economía; la religión u opinión pública; y las armas o fuerza. Y cuando tienen estas tres bases en sus manos las ponen al servicio de ellos mismos. La ideología opresora (que se reviste de falsos ropajes sagrados) es como la cabeza del sistema injusto; las armas son como sus brazos y piernas; y la economía es como su sangre. Hoy podemos ver como los medios de comunicación trabajan en conjunto con el poder injusto, distrayendo a la gente para que no despierte a la realidad de que el poder verdadero está en sus manos. 
Los aliados del poder opresor contribuyen a que el oprimido sufra toda clase de privaciones creando la apariencia de falsas soluciones y apelando al nacionalismo, a la democracia o a otros tantos recursos, burdos o sutiles, que justifican el mantenimiento de la opresión y son productos del mismo sistema. La opresión funciona esencialmente proyectando un falso paradigma del hombre y la sociedad y engaña al ser humano respecto de la finalidad real de su existencia y sobre su verdadera felicidad.
Aunque así lo pretendan los sistemas de poder opresores no pueden justificarse nunca por la búsqueda de un ideal de justicia, porque sus propios actos niegan la a cada momento. La opresión existe porque las condiciones del mundo son contradictorias con el establecimiento de la justicia y en ello basa también su discurso. Por ejemplo, todo tirano apela primeramente al cambio y a la reforma de la sociedad y hasta a la eliminación de la injusticia y la tiranía creando una ficción de vida social, que no se basa en ninguna verdad, sino en la opinión transitoria de sus exponentes. Los tiranos confesos o encubiertos ejercen la violencia en sus más variadas formas porque no pueden recurrir a la persuasión, la cual nace del reconocimiento de que el hombre es portador de realidades intelectuales y morales y no un simple objeto aplicable a los fines de un déspota.
Por otra parte, el tirano se presenta como modelo a imitar y suplanta en el conocimiento de la gente al verdadero modelo, el del hombre justo, pues la perpetuación del poder opresor exige que su ejemplo se difunda. Crea el "reino del más fuerte", donde la única relación admitida es la de la violencia, no la de los derechos. Este sistema que predomina en el mundo de hoy tiene diferentes grados de concreción y distintos modos de sutilidad. El sistema se completa cuando la gente acepta pasivamente las convenciones creadas por el régimen y practica el modo de vida impuesto.
El tiempo apremia. Tenemos que revertir las tendencias. Y es hora de despertar de nuestro largo letargo, de nuestro temor a destacar, a confrontar, de nuestro “cotorreo”; es hora de apoderarnos de nuestros talentos y conectarnos con la fuente de nuestra creatividad y de nuestro ser. Parece que todos participamos, en menor o mayor medida, de una tragicomedia nacional: respetar las reglas y las formas es cuestión de supervivencia; todos sonreímos o nos enojamos, pero nos encargamos de no tocar fondo. En pocas palabras: tenemos una característica muy “británica” de hablar de algo que no es relevante para justamente no llegar al punto de asumir nuestras realidades, a menos que lo hagamos con frustración. Y por otro lado confundimos el hecho de decir las cosas con el enojo. Todos estamos absolutamente conscientes que existe un abismo a nuestro lado, que estamos a punto de caer; “todos sabemos que todos sabemos” que ahí está ese precipicio, pero nadie se atreve a verlo -si no es de reojo-, ni a mencionarlo -si no es crípticamente. 
Seguimos con el mismo ritual, una y otra vez, “patinamos” en un vacío sin sentido, mientras seguimos contando nuestros muertos, sin nombrarlos. En otras palabras no queremos asumir. Nuestra comunicación sigue siendo muy “diagonal”. Contemplamos ese vértigo de reojo y dejamos esas voces y culpas “reconfortantes” habitarnos e increparnos. 
Vivimos en uno de los países más ricos de la tierra en recursos naturales, alimenticios, culturales y los habitantes de nuestra tierra gozan de una generosidad y un ingenio inigualables. No queremos confrontar, queremos paz, sin embargo estamos en un estado de perpetua y fatua insatisfacción que generan nuestras “guerras intestinas”. Preferimos los falsos rituales con tacto exagerado e hipócrita a las confrontaciones incómodas. Y cuando “no podemos más” con ese exceso de emociones, nos ponemos a gritar, insultar y grillar. Y ahí no hay quien nos pare. Vamos repentinamente por el todo o el nada y no logramos encontrar el consenso. Nos aplicamos constantemente todo tipo de “anestesias exóticas y emocionales” para no tener que enfrentar el dolor, porque nuestros corazones conocen de sobra esas heridas inesperadas y resentidas. Le tememos febrilmente al despertar, al amanecer, a la cruda, al remordimiento y al reconocimiento de quienes somos verdaderamente. Queremos que la noche sea eterna…