lunes, 21 de febrero de 2011

GEOPOLÍTICA DEL PODER EN AMÉRICA LATINA

Las fuerzas presentes en la historia no obedecen ni a un destino ni a una mecánica,
sino al azar de la lucha
Michel Foucault

El reposicionamiento de Estados Unidos como sujeto hegemónico lo ha obligado a un esfuerzo general de reordenamiento jurídico, político, económico, militar y territorial dentro del cual se inscriben el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el Plan Colombia, el Plan Puebla Panamá y hoy, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

De acuerdo con Gramsci, la concepción del mundo y, consecuentemente, “la hegemonía, nace de la fábrica y para ejercerse sólo tiene necesidad de una mínima cantidad de intermediarios profesionales de la política y de la ideología” (Gramsci, 1973:237). La hegemonización de esas relaciones o la facultad del hegemón de generar el reconocimiento universal de un orden social en el que los instrumentos de dominio son naturalizados, requiere de una construcción simultánea en varios planos:

  • militar, creando las condiciones reales e imaginarias de invencibilidad
  • económico, constituyéndose en paradigma de referencia y en sancionador en última instancia
  • político, colocándose como hacedor y árbitro de las decisiones mundiales
  • cultural, haciendo de la propia concepción del mundo y sus valores la perspectiva civilizatoria reconocida universalmente.
La constitución del ALCA en todo el Continente, o el avance parcial de iniciativas subregionales del mismo tipo, conlleva modificaciones sustanciales no sólo en la libre circulación de mercancías producidas en condiciones abismalmente diferentes sino, sobre todo, en la normatividad general de la zona y, con ello, en los ámbitos de acción de los sujetos, en el carácter y margen de maniobra de las instancias y en las atribuciones políticas de los pueblos y naciones firmantes.

Mucho más que la apertura de fronteras para el tránsito de mercancías, estos tratados conceden simultáneamente derechos a las inversiones de capital y obligaciones a los estados, al tiempo que los someten a legislaciones supranacionales (entre las que se pueden contemplar los acuerdos militares) que les conculcan atribuciones esenciales y desconocen los compromisos sociales y políticos internos.

A lo largo de los últimos 30 años, Estados Unidos propició, de múltiples maneras, el desdibujamiento de fronteras geográficas, jurídicas y políticas. Con una justificación académica emanada del neoliberalismo y con todos los instrumentos de poder a su alcance, promovió un cambio en los criterios de regulación que ha implicado un cambio también en el sujeto regulador. Los estados nacionales cedieron autoridad en favor de organismos internacionales controlados por Estados Unidos; las economías nacionales fueron violentadas para irse transformando en zonas de maquila con fuertes encadenamientos hacia el exterior; la diversidad y riqueza agrícola fue castigada con el productivismo de la revolución verde primero y de la ingeniería genética después reduciendo la gama de productos para consumo humano y rompiendo las cadenas de autosustentabilidad y autosuficiencia alimentaria.

Todos estos cambios estuvieron acompañados de modificaciones jurídicas que abrieron la explotación de recursos hasta entonces considerados estratégicos en cada uno de los países. En muchos casos simplemente se dio paso a inversiones extranjeras directas indiscriminadas a las que no se les impusieron siquiera restricciones de sustentabilidad.

El mundo está lleno de recursos naturales, algunos renovables y otros no. Al paso que avanza la apropiación capitalista, varios de los recursos renovables más importantes están amenazados de desaparición; casi se tornan no renovables, y que hoy incrementan su importancia a raíz de los avances tecnológicos que permiten la secuenciación de códigos genéticos de manera automatizada.

Los no renovables, evidentemente, tienen el problema de su potencial desaparición y, mientras no se encuentren sustitutos o sistemas de reciclamiento adecuados, constituyen un objeto de disputa mayor.

En ambos casos la competencia implica el acaparamiento del recurso, eso supone la ocupación de territorios porque son recursos fijos geográficamente o con un margen de movilidad limitado por las condiciones climáticas, geológicas e incluso históricas.

Lo que está en juego no es sólo el suministro eficiente de recursos indispensables sino la posibilidad de utilizarlos como medio de presión y de debilitamiento del enemigo o del competidor. Las relaciones económicas marcadas por la competencia son relaciones de fuerza que se rigen por criterios muy similares a los militares. El objetivo es ganar la batalla, debilitar o aniquilar al otro, ser capaz de controlar las piezas estratégicas del tablero, sea éste económico o militar.

En ese sentido, monopolizar los recursos, las fuentes de energía, las materias primas reales y potenciales forma parte de las previsiones estratégicas de un buen hegemón y es uno de los ejes definitorios de la competencia, de las relaciones internacionales y de las guerras.

En esta lucha, que se enuncia como la defensa de los intereses vitales de Estados Unidos, cualquier método es legitimado por los principios neoliberales de libertad de mercado. Guerras, ocupaciones de territorios, bombardeos indiscriminados, hambrunas provocadas, son riesgos que, de acuerdo con las declaraciones de Madeleine Albright, “vale la pena correr”, las imposiciones del FMI o del Banco Mundial, la amenaza de retiro de inversiones cuando han desequilibrado completamente las economías locales y muchos otros mecanismos sirven para lograr la privatización de los sectores petrolero y eléctrico como se está tratando de hacer en México y Bolivia, o para asfixiar a países con las mayores reservas de petróleo como Irak, o para desestabilizarlos como en Venezuela, o para destruirlos como en Argentina.

La diversidad de orígenes de estas resistencias no les impide reconocerse como parte de una misma lucha “por la humanidad y contra el neoliberalismo”, por “un mundo donde quepan todos los mundos” (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), porque “otro mundo es posible” (Foro Social Mundial) y contra la explotación, discriminación, humillación y exclusión características del capitalismo en ésta su fase terminal. Un sistema de dominación que no tiene propuestas para la sociedad, que no resuelve sino acrecienta la pobreza, la exclusión política y la negación cultural es un sistema sin condiciones de legitimidad. La legitimidad del capitalismo como sistema capaz de resolver, mediante el desarrollo tecnológico, los grandes problemas de la humanidad está francamente cuestionada. Así, la intervención del hegemón como autoproclamado impulsor de la democracia, el progreso y el bienestar no tiene sustento histórico ni legitimidad. Y se puede decir que nadie cree el cuento aunque algunos se acomoden a él.

Hoy la preocupación englobadora del sistema, representado por Estados Unidos, es la Seguridad Nacional, dicen las autoridades estadounidenses aunque la jueguen y la defiendan en todo el territorio mundial, garantiza con un despliegue de bases militares y de disposiciones legales de regulación universal de las incluidas en el TLCAN y en el ALCA.

América Latina, la plataforma de base y de redespliegue de la hegemonía norteamericana sobre el mundo, no podría estar fuera de control. El ataque y ocupación de Afganistán y otras regiones de Asia no puede distraer la atención sobre la seguridad interna del hegemón que hoy se mide continentalmente. Por eso ha sido necesario reforzar las posiciones que permitirán hacer uso irrestricto de los recursos continentales disuadiendo (o tratando de disuadir), al mismo tiempo, cualquier resistencia al despojo.

Una consideración geopolítica del escenario actual de las Américas muestra que existe una coyuntura muy favorable para Venezuela. Oportunidad que debe utilizar el país, en forma muy pragmática (como debe ser la política exterior de los Estados modernos) y no en forma ideológica o utópica, siguiendo voces de sirena caribeña (hoy enjaulada) o señuelos orientales (apenas buenos para dentro de un siglo). Hoy por hoy Venezuela, en el ámbito continental, por su potencial energético diversificado (petróleo liviano y pesado, gas natural, carbón, energía hidráulica y solar, material de uranio) está en una posición de privilegio.

En su vecindario, un gigante como Brasil se debate en una grave crisis de energía, por depender en un 90% de fuentes hidráulicas muy afectadas por una larga sequía. Fuera de México, ningún otro país del continente está en capacidad como Venezuela de seguir dando una mano generosa a sus hermanos débiles de Centro América y el Caribe, de suplir por un tiempo las carencias de Brasil (su nuevo hermano del MERCOSUR) y de negociar (con miras a sus mejores intereses económicos, sociales y políticos) una especie de deténte colaboracionista con Estados Unidos.

Parte de la estrategia de Bush, en el Plan Nacional de Energía (PNE) presentado por el presidente Bush el 17 de mayo de 2001, consiste en establecer con los productores latinoamericanos un marco de cooperación mutua en la generación de energía. "Nos proponemos subrayar el enorme potencial de una mayor cooperación regional energética en el futuro. Nuestro objetivo es construir relaciones entre nuestros vecinos que contribuyan a nuestra seguridad energética compartida, que conduzcan a un acceso adecuado, confiable, ambientalmente sano y costeable a la energía", reveló el Secretario de Energía de Estados Unidos, Spencer Abraham durante la quinta Conferencia Ministerial de Iniciativa Energética, realizada en México el 8 de marzo de 2001.

Esos vecinos mencionados por el secretario son México, Venezuela y, en menor medida, Colombia. "Sus grandes reservas básicas, aproximadamente 25 por ciento mayores que nuestras reservas probadas, hacen de México una fuente probable de producción petrolera incrementada en la próxima década", asevera el PNE. En cuanto a Venezuela, este país cuenta con grandes reservas de crudo convencional, así como del llamado crudo pesado, que requiere de refinación. "El éxito logrado por Venezuela en volver comercialmente redituables sus depósitos de petróleo pesado sugiere que contribuirá en forma sustancial a la diversidad de la oferta global de energía, y a nuestra propia mezcla de abastecimiento energético a mediano o largo plazo", se lee en el Plan.

Pero el PNE no toma en cuenta que tanto México como Venezuela han protegido su sector energético poniéndolo bajo control estatal y con salvaguardas constitucionales y legales que limitan seriamente la participación extranjera en la producción nacional. Así, es probable que esos gobiernos se resistan a admitir la inversión estadounidense y a aumentar su producción de manera drástica.

Por tanto, el PNE hace un llamado a las autoridades para que presionen a los Estados mexicano y venezolano en el sentido de eliminar barreras al capital proveniente de Estados Unidos. Se espera que esa tendencia marque las relaciones bilaterales.

Pero como clara respuesta, Venezuela impulsa Petrocaribe, el acuerdo energético, suscrito por más de una decena de naciones de diferente grado de desarrollo, y con la cual se inició la independencia energética de un grupo de países cuyo desarrollo depende de todos los sentidos intrínsecos de la nueva entidad: voluntad política, comercio, solidaridad, complementariedad económica, tratamiento adecuado a las fuentes renovables de energía, cuidado del ambiente marino.

Entonces parecerá que el petróleo y sus derivados salidos de este nuevo acuerdo contienen en sí esos elementos de unidad latinoamericana y se comprenderá que las raíces del ALBA prendieron un poco más en el suelo caribeño.

El ALCA, ha presentado un proceso de estancamiento en su negociación y esto se pone en evidencia al no haber alcanzado la fecha prevista de entrada en vigencia del tratado para el 1° de enero de 2005, debido principalmente a los desacuerdos entre Estados Unidos y Brasil en la estructuración del acuerdo.

Para evitar la integración del ALBA en respuesta al ALCA, el gobierno de Estados Unidos intenta aislar a Venezuela del escenario geopolítico buscando aliados con otros estados latinoamericanos como lo hizo con Irak, sin embargo no ha tenido el resultado esperado.