viernes, 2 de diciembre de 2011

¿EL IMPENSABLE SALVADOR DE ESTA CRISIS ECONÓMICA?

El estallido de la crisis financiera internacional en octubre de 2008 ha modificado las políticas de control macroeconómico que estaban orientadas a prevenir el sobrecalentamiento y reducir la inflación, ahora se trata de primar dos objetivos: mantener el crecimiento y controlar la inflación.
Bien es verdad que el sistema financiero chino está poco conectado con el internacional, circunstancia que le permite resistir mucho mejor los efectos de cualquier crisis financiera. Este mercado está aún básicamente controlado por el Estado, aunque los bancos disponen de un considerable nivel de autonomía. Las crisis del exterior le afectan poco y en las crisis internas su amplia red le otorga un notable margen de maniobra, pese a las dudas existentes acerca de la calidad de la gestión de las entidades financieras. Esta circunstancia constituye un riesgo latente sobre el sistema financiero nacional dada su opacidad, corrupción y el complejo entramado de relaciones que proliferan a medio camino entre la política y los negocios.

Hasta hace pocos años, los análisis sobre China tendían, en su gran mayoría, a reconocer que se había convertido ciertamente en una gran potencia industrial y comercial, pero con un peso bastante escaso en el sistema financiero global (con la importante excepción de sus ya enormes reservas en divisas). No obstante, se mencionaban tres fenómenos de enorme relieve. En primer lugar, el fuerte aumento de China en las exportaciones mundiales de mercancías, que habían pasado del 2,5% en 1993 al 8,0% en 2006, coincidiendo con una importante caída de la proporción de EE.UU., Japón y la UE. En segundo término, su cada vez mayor importancia como consumidor de energía: entre 1990 y 2006 su peso relativo en el consumo mundial de energía primaria se había duplicado, mientras que su proporción del consumo de carbón había alcanzado casi el 40% del total mundial y, aspecto notable, su consumo de petróleo había pasado del 3,5% del total mundial en 1990 al 8,9% en 2006. En tercer lugar, se ponía igualmente de manifiesto que China consumía una cantidad desproporcionada de algunos minerales y metales. En 2005, se estimaba que China efectuaba entre el 20% y el 30% del consumo mundial de hierro, zinc, estaño, plomo, aluminio y cobre, entre cinco y seis veces más que su peso en la economía mundial.

Desde mediados de los años 2000, se ha consolidado el peso de China en el producto bruto mundial (al pasar del 5% en 2005 al 9,3% en 2010), en las exportaciones mundiales de mercancías (el país se convirtió en el primer exportador mundial en 2009 y alcanzó una cuota del 10,4% en 2010, frente al 8,4% de EE.UU.) y en el consumo de energía (en 2010, realizó, en proporción del total mundial, el 20% del consumo de energía primaria, más que EE.UU., el 48% del consumo de carbón, el 10,4% del consumo de petróleo y, aspecto novedoso, empezó a destacar en el consumo de gas natural, con el 3,4%). Además, el aumento del consumo chino de algunos minerales y metales se incrementó de manera notable en la segunda mitad de los años 2000: a finales del decenio, China era responsable del 40% del consumo mundial de aluminio, cobre o zinc y del 35% de la demanda mundial de níquel.

A esos datos se suelen sumar el alza en el turismo chino en el extranjero (54 millones en 2010 y una estimación de 90 millones para el año 2013, lo que hace pensar que la previsión de 100 millones que hizo en su momento la Organización Mundial del Turismo para 2020 se cumplirá muy probablemente antes) y el crecimiento de sus emisiones de dióxido de carbono (se estima que en 2010 fueron un 35% superiores a las de EE.UU., cuando en 2006 eran prácticamente iguales).

En lo que atañe a la integración financiera, son de destacar, en primer lugar, que la acumulación de reservas en divisas ha continuado a buen ritmo, alcanzando nada menos que 3,2 billones de dólares en septiembre de 2011. Las razones que explican ese continuado acopio son las mencionadas anteriormente (superávit por cuenta corriente, entradas de capital y política de mantenimiento del tipo de cambio), a las que se han sumado, en los últimos meses, las previsiones de aumento de los tipos de interés y del valor del yuan, dada la persistente inflación.

Por otra parte, las inversiones directas chinas en el extranjero han aumentado de manera espectacular en el segundo lustro de los años 2000. Si en 2005 el flujo de esa inversión no llegaba a 13.000 millones de dólares, en 2010 alcanzó 68.810 millones (el 5,2% de las inversiones mundiales). En ese último año, China se convirtió en el quinto mayor inversor en el extranjero, siendo superada sólo por EEUU, Alemania, Francia y Hong Kong. Es de destacar que sus inversiones siguieron creciendo en 2008 y 2009 pese a la crisis financiera internacional.

En términos de stock, la cantidad acumulada de inversión china en el extranjero pasó de 27.768 millones de dólares en 2000 a 317.210 millones en 2010, una cantidad similar a la de Suecia, aunque muy inferior a las de Japón (831.000 millones), Alemania (1,4 billones), Francia (1,5 billones), el Reino Unido (1,7 billones) y EEUU (4,8 billones).

La distribución geográfica de la inversión directa china en el extranjero ha registrado cambios notables entre 2005 y 2010. Excluyendo Hong Kong (que recibió el 56% de esa inversión en 2010), es interesante destacar que ha aumentado sustancialmente la inversión en países asiáticos ricos en recursos (Camboya, Irán, Myanmar, Turkmenistán, etc.), que ha disminuido, en términos relativos, la inversión en Europa y América Latina, y que, en cambio, ha aumentado en América del Norte, África y Australia. En otras palabras, se ha reducido mucho la inversión en paraísos fiscales de América Latina (Islas Caimán, en particular) y han aumentado las colocaciones en países ricos en recursos o con grandes mercados y tecnologías modernas. China, por tanto, podría estar dando el salto hacia una pauta de internacionalización más propia de un país de mayor nivel de desarrollo, como hizo, por ejemplo, Corea del Sur en su momento. Un caso interesante ha sido la compra de la empresa sueca Volvo por la china Geely, que recuerda a las incursiones de las empresas japonesas y coreanas del automóvil en EE.UU. y Europa.

Como consecuencia del fuerte aumento de las reservas en divisas y del crecimiento sustancial de las inversiones directas en el extranjero, la posición inversora internacional de China ha mejorado apreciablemente, el saldo neto positivo ha pasado de 400.000 millones (18% del PIB) en 2005 a 1,8 billones (30% del PIB) en 2010. Un aspecto sobresaliente es que, según los datos oficiales, la inversión en cartera, tanto saliente como entrante, es relativamente pequeña (entre 20.000 y 25.000 millones de dólares al año) y, sobre todo, muy estable entre 2005 y 2010. Sin embargo, esa situación puede cambiar a raíz de las compras de deuda soberana europea en 2011 y, si se confirma, de la implicación de China en el rescate de la UE de finales de este año. La estabilidad de la inversión en cartera contrasta con el dinamismo que han mostrado en los últimos meses los fondos soberanos (SWF) chinos, como China Investment Corporation (CIC), SAFE y el National Social Security Fund. Entre las adquisiciones más llamativas de los fondos soberanos chinos destacó en su momento la de Morgan Stanley por CIC (5.000 millones de dólares).

Pero ¿Es China un factor relevante para la resolución de la crisis y la estabilización económica? China, convertida ya en la primera economía del mundo después de superar a Alemania, se ha afirmado como un actor de peso en la proyección de soluciones a la crisis; cuenta con las mayores reservas de divisas del mundo y es el principal socio comercial de Japón y el segundo socio comercial de EE.UU. y la UE. Esas cifras le han permitido confirmarse como uno de los principales motores de la economía mundial. En ese sentido, la crisis financiera ha subrayado de modo contundente el significado del nuevo papel global de China.

Una de las claves de dicho proceso es el diálogo económico estratégico con EE.UU. que se ha acentuado con el objeto de plasmar fórmulas de apoyo del intercambio comercial, desbloqueando 20.000 millones de dólares suplementarios para financiar créditos comerciales. Este acuerdo fue adoptado en la última reunión con la Administración Bush. Pese a las especulaciones en tal sentido, China, a pesar de la debilidad del dólar, ha rechazado disminuir su posesión de bonos norteamericanos. La ayuda de China, principal acreedor de Estados Unidos, en el sostenimiento de la moneda estadounidense ha sido determinante, a pesar de estar atrapada entre dos fuegos: si suspende la compra, su inversión original deparará pérdidas y, si continúa comprando, la apreciación del yuan también le causará pérdidas.

En la coyuntura actual, no es suficiente argumentar ante los chinos que la estabilidad en la UE redunda en beneficio del conjunto del mundo y, por tanto de China. Ni tampoco que la UE es destinataria del 20% de las exportaciones chinas, siendo el primer mercado exterior del país asiático, delante de EEUU (18%). Las autoridades chinas ya han declarado que no serán “buenos samaritanos” en el rescate europeo (la ampliación de la facilidad para la estabilidad financiera o EFSF). En otras palabras, no son responsables ni de lejos y no tienen la solución de los problemas. Además, desean algo a cambio de su ayuda potencial (que podría ser, a falta de más detalles sobre las modalidades de expansión de la EFSF, de unos 70.000 millones de euros). Esas condiciones podrían ser del siguiente tipo: (1) implicación de otros países importantes (EEUU, Rusia, Brasil, etc.) y del FMI; (2) parte de las obligaciones emitidas en yuanes para eliminar el riesgo de cambio; un mayor peso de China en los órganos de decisión del FMI (actualmente cuenta con menos del 4% de los derechos de voto del organismo cuando su peso en la economía mundial ronda ya el 10%); (3) la obtención del estatus, por la UE, de economía de mercado antes de 2016 (lo que dificultaría el proteccionismo comercial); y (4) menores críticas a la política de tipo de cambio del yuan (aunque son claramente menos estridentes que en EEUU).

¿Aprovechará China para invertir más en el extranjero? No cabe pensar que China intente utilizar la actual coyuntura para conducirse con una agresividad fuera de lo común en este ámbito. Si antes de la crisis primaban mil barreras para dificultar las inversiones chinas en el extranjero, la necesidad de financiación de los países desarrollados y la disposición de capital por parte de Pekín podrían complementarse mutuamente. No obstante, por el momento, la actitud de China es prudente y cauta.

¿Demostrará el modelo chino su superioridad ante la crisis? Mientras la recesión afecta a Estados Unidos, Japón y Europa, China seguirá creciendo con un alto nivel de ahorro y una fuerte intervención pública. Pese a ello, si las anteriores crisis globales apenas afectaron a la economía china, ésta no será así. A priori, China parece capaz de suministrar los suficientes recursos e incentivos para mantener el crecimiento y garantizar el nivel de empleo en magnitudes manejables. Por otra parte, a pesar de la interdependencia de su economía, se apoya mucho aún en sus propios esfuerzos para promover el desarrollo y dispone de palancas de intervención poderosas.

Asimismo, es de destacar el positivo valor de la capacidad de intervención del Gobierno y el buen resultado que, a la postre, ha dado el control de su mercado financiero, restringiendo la inversión exterior o guardando distancias con los complejos instrumentos de inversión utilizados en otros países, circunstancias que le han ayudado a esquivar mejor la crisis. La intervención estatal, que antes tantos criticaban, ahora se revela como un mecanismo indispensable para corregir los excesos del mercado, incluso en las economías occidentales. Además, China tiene una posición inversora internacional que presentaba en 2010 un saldo neto positivo de casi 1,8 billones de dólares (el 30% del PIB), sólo superado por el de Japón. Siendo el segundo país acreedor neto del mundo, está en posición inmejorable para contribuir a operaciones de financiación internacional, pese a su todavía baja renta por habitante.